Los Gatos
24 de diciembre de 2005 by Juan
A mi reflejo, del otro lado de la mesa.
El gato se despierta, lanza su bostezo, muestra sus colmillos, se relame en la modorra, se aplasta contra el sillón de la sala grande, el reloj de pared emite su tictactictac, tedioso, un apoltronado y extenso ruido, tictactictac..., el presente, presente enorme, presente de rutina, tictactictac...
Se levanta, mira el vacío del comedor, un salto displicente, camina, una migaja, la huele, no sirve. Unos pasos más, la cocina, algunas migajas más y por fin la bandejita, su bandejita. El resto, casi nada, comida con el sabor de ayer, con el de mañana, todo igual, realizar el ocioso trabajo de sacar la lengua y humedecerla en la leche, tragar unas cuantas bolitas de algo que huele a pescado seco.
Tictactictac... Es como el aire, está en todos lados y es uno sólo, la unidad, el presente, no se puede concebir el aire como muchas partecillas que se unen, es un todo formidable que lo cubre todo. El tictactictac es unidad omnipresente, un ruido lánguido y leve que lo inunda todo, la cocina, la sala, el comedor, debajo de la cama, en el armario, en el baño; todo lo que está inundado de aire lo está también del tictactictac...
Tintinar de llaves. La puerta se abre; el gato apenas si levanta la mirada, una mujer gordas piernas, dos pies que se le acercan, una mano que le acaricia el lomo, el gato levanta la cola maquinalmente, un par de palabras melindrosas, la mujer se va a la cocina, hurga en la bolsa del mercado, saca una colorida pelotita de hule, se la muestra, la mueve velozmente, a la derecha, a la izquierda; ella sonríe, el gato sigue el juguete con la mirada, levanta una pata, intenta manotearla, la pelota se escapa de la mano gorda, rueda y se pierde debajo del sillón. Fin del juego.
Almorzar, varios pies se congregan en torno a la mesa grande, un corpulento hombre en el extremo, dos pequeños e inquietos niños, y la mujer. “Amor, abre la ventana, esto es un horno!”.
El gato sube al sillón color malva, ve correr el vidrio de la ventana hacia un costado y un estruendo invade cada resquicio donde gobernaba el tictactictac. El gato levanta la mirada, la calle, las calles, el ruido, un mundo extraño, es mejor volver la mirada, regresar al comedor, a pedir mendrugos aunque no tenga hambre.
La tarde. El tictactictac... perenne, librando una inútil batalla contra el rumor de la calle, una pequeña mano acaricia al gato, le rasca detrás de una oreja, rrrrrr..., ronronea, se adormila, de pronto otra mano más pequeña le golpea en la cabeza, un salto, correr, a la cocina, al cajón de arena, risas de dos niños, siempre pasa, todas las tardes.
Ahora Orinar, cagar, revolver la arena, cubrir o intentar cubrir la mierda con la arena, salir del cajón de arena. Arena.
Ahora hacia el poste para rasguños, una belleza, no tan blanda como la madera, no tan blanda, no importa. Las uñas clavándose en aquel instrumento, rasguñar con fuerza, los tendones tensos, tendón, tenso, tendón... Las uñas desgajando el pequeño poste, o lentamente, o raudamente; arañar, golpear, morder, aprehender, clavar, saltar, correr, ir, regresar, incrustar, desgarrar, listo; objetivo cumplido: Uñas romas; ya no hay peligro de estropear las cortinas, de desgajar el tapiz de los sillones. Sueño; pero antes un poco más de leche, mojar la lengua, refrescarse. Sueño.
Las ventanas se cierran, el tictactictac vuelve a gobernar en el departamento, en el techo los bombillos se encienden proponiendo alargar el día, afuera es otro tiempo, afuera es de noche; la mujer, el hombre y los niños nuevamente hacia la mesa, y el gato: un miau lastimero, cabeza levantada. Una mano lo alcanza, le acaricia, no hay migajas. Una bandejita con leche fría se desperdicia en un rincón de la cocina. Tictactictac...
Se levantan de la mesa grande, llevan los enseres a la cocina, un par de alaridos, casi una riña, luego risas, cubiertos que se apilan en el lavadero, un gruñido poco convincente: “¡A dormir niños, a dormir!”. El gato al sillón.
Tictactictac tic… – tac… – tic… – tac…
El gato se impacienta, el presente se le vuelve inútil, le molesta, espera que acabe el día en el departamento, esperar, esperar es pasar por alto el presente. Los bombillos se apagan. El gato arrellanado en el sillón, ahora se levanta, se va a la alfombra, camina en círculos, intenta inútilmente conciliar el sueño, todavía logra escuchar una voz, un susurro, un estertor.
Y ahora el ruido del reloj se despedaza: tic - tac - tic - tac – tic... ahora son golpes cortos, golpes ásperos que se aplastan uno tras otro, nacen, cruzan la sala, se pierden, mueren, es la ansiedad. Todo está a oscuras.
Entonces toda una ciudad enorme se adormece en el sueño, excepto claro, el nictálope protagonista de este relato. Y de aquí en adelante, el gato no conoce más la rutina, y se transforma en noble, salvaje y extraordinariamente libre criatura, su instinto se adueña de sus actos, como debió ser siempre, como nunca dejará de serlo, y con la complicidad de la noche, su noche, el gato acabará esta parca e incompleta historia, aventuras que el narrador es incapaz de imaginar siquiera pero que se empeña inútilmente en enumerar sin mayores certezas: quizás en esas dulces horas será héroe, o villano, cazador o presa, elegante semental, rebelde personaje, librará tal vez mil batallas, o sufrirá dolores e inclemencias, infringidas por el clima, o por la vida, las vidas varias del gato que le permitirán recorrer mil lugares, distintos tiempos, se asombrará de todo, afinará sus sentidos, agotará su cuerpo agarrotado durante el día, conocerá tal vez nuevos compañeros, nuevos rivales, será testigo de innumerables cacerías, de innumerables encuentros y desencuentros, riñas, hurtos, tormentos, sus tormentos, muertes, sus muertes, conocerá la sangre, la vida misma quizá.
Allí donde el gato tenga un poco de vida, un poco de noche le será suficiente hasta que al fin, al amanecer, aquel tictactictac renazca en la forma que conocemos todos, incluso el gato, el tictactictac eterno. Volverá entonces la rutina, volverá el tedio, y volverá el gato, exhausto, a adormilarse en el sillón de la sala grande, con la luz del alba dorando los contornos de su figura, calentando su cuerpo frío mientras la bandejita sea alcanzada lentamente por la luz de un nuevo día.
Ah!, nosotros, los pequeños gatos.
Enero 2005.
El gato se despierta, lanza su bostezo, muestra sus colmillos, se relame en la modorra, se aplasta contra el sillón de la sala grande, el reloj de pared emite su tictactictac, tedioso, un apoltronado y extenso ruido, tictactictac..., el presente, presente enorme, presente de rutina, tictactictac...
Se levanta, mira el vacío del comedor, un salto displicente, camina, una migaja, la huele, no sirve. Unos pasos más, la cocina, algunas migajas más y por fin la bandejita, su bandejita. El resto, casi nada, comida con el sabor de ayer, con el de mañana, todo igual, realizar el ocioso trabajo de sacar la lengua y humedecerla en la leche, tragar unas cuantas bolitas de algo que huele a pescado seco.
Tictactictac... Es como el aire, está en todos lados y es uno sólo, la unidad, el presente, no se puede concebir el aire como muchas partecillas que se unen, es un todo formidable que lo cubre todo. El tictactictac es unidad omnipresente, un ruido lánguido y leve que lo inunda todo, la cocina, la sala, el comedor, debajo de la cama, en el armario, en el baño; todo lo que está inundado de aire lo está también del tictactictac...
Tintinar de llaves. La puerta se abre; el gato apenas si levanta la mirada, una mujer gordas piernas, dos pies que se le acercan, una mano que le acaricia el lomo, el gato levanta la cola maquinalmente, un par de palabras melindrosas, la mujer se va a la cocina, hurga en la bolsa del mercado, saca una colorida pelotita de hule, se la muestra, la mueve velozmente, a la derecha, a la izquierda; ella sonríe, el gato sigue el juguete con la mirada, levanta una pata, intenta manotearla, la pelota se escapa de la mano gorda, rueda y se pierde debajo del sillón. Fin del juego.
Almorzar, varios pies se congregan en torno a la mesa grande, un corpulento hombre en el extremo, dos pequeños e inquietos niños, y la mujer. “Amor, abre la ventana, esto es un horno!”.
El gato sube al sillón color malva, ve correr el vidrio de la ventana hacia un costado y un estruendo invade cada resquicio donde gobernaba el tictactictac. El gato levanta la mirada, la calle, las calles, el ruido, un mundo extraño, es mejor volver la mirada, regresar al comedor, a pedir mendrugos aunque no tenga hambre.
La tarde. El tictactictac... perenne, librando una inútil batalla contra el rumor de la calle, una pequeña mano acaricia al gato, le rasca detrás de una oreja, rrrrrr..., ronronea, se adormila, de pronto otra mano más pequeña le golpea en la cabeza, un salto, correr, a la cocina, al cajón de arena, risas de dos niños, siempre pasa, todas las tardes.
Ahora Orinar, cagar, revolver la arena, cubrir o intentar cubrir la mierda con la arena, salir del cajón de arena. Arena.
Ahora hacia el poste para rasguños, una belleza, no tan blanda como la madera, no tan blanda, no importa. Las uñas clavándose en aquel instrumento, rasguñar con fuerza, los tendones tensos, tendón, tenso, tendón... Las uñas desgajando el pequeño poste, o lentamente, o raudamente; arañar, golpear, morder, aprehender, clavar, saltar, correr, ir, regresar, incrustar, desgarrar, listo; objetivo cumplido: Uñas romas; ya no hay peligro de estropear las cortinas, de desgajar el tapiz de los sillones. Sueño; pero antes un poco más de leche, mojar la lengua, refrescarse. Sueño.
Las ventanas se cierran, el tictactictac vuelve a gobernar en el departamento, en el techo los bombillos se encienden proponiendo alargar el día, afuera es otro tiempo, afuera es de noche; la mujer, el hombre y los niños nuevamente hacia la mesa, y el gato: un miau lastimero, cabeza levantada. Una mano lo alcanza, le acaricia, no hay migajas. Una bandejita con leche fría se desperdicia en un rincón de la cocina. Tictactictac...
Se levantan de la mesa grande, llevan los enseres a la cocina, un par de alaridos, casi una riña, luego risas, cubiertos que se apilan en el lavadero, un gruñido poco convincente: “¡A dormir niños, a dormir!”. El gato al sillón.
Tictactictac tic… – tac… – tic… – tac…
El gato se impacienta, el presente se le vuelve inútil, le molesta, espera que acabe el día en el departamento, esperar, esperar es pasar por alto el presente. Los bombillos se apagan. El gato arrellanado en el sillón, ahora se levanta, se va a la alfombra, camina en círculos, intenta inútilmente conciliar el sueño, todavía logra escuchar una voz, un susurro, un estertor.
Y ahora el ruido del reloj se despedaza: tic - tac - tic - tac – tic... ahora son golpes cortos, golpes ásperos que se aplastan uno tras otro, nacen, cruzan la sala, se pierden, mueren, es la ansiedad. Todo está a oscuras.
Entonces toda una ciudad enorme se adormece en el sueño, excepto claro, el nictálope protagonista de este relato. Y de aquí en adelante, el gato no conoce más la rutina, y se transforma en noble, salvaje y extraordinariamente libre criatura, su instinto se adueña de sus actos, como debió ser siempre, como nunca dejará de serlo, y con la complicidad de la noche, su noche, el gato acabará esta parca e incompleta historia, aventuras que el narrador es incapaz de imaginar siquiera pero que se empeña inútilmente en enumerar sin mayores certezas: quizás en esas dulces horas será héroe, o villano, cazador o presa, elegante semental, rebelde personaje, librará tal vez mil batallas, o sufrirá dolores e inclemencias, infringidas por el clima, o por la vida, las vidas varias del gato que le permitirán recorrer mil lugares, distintos tiempos, se asombrará de todo, afinará sus sentidos, agotará su cuerpo agarrotado durante el día, conocerá tal vez nuevos compañeros, nuevos rivales, será testigo de innumerables cacerías, de innumerables encuentros y desencuentros, riñas, hurtos, tormentos, sus tormentos, muertes, sus muertes, conocerá la sangre, la vida misma quizá.
Allí donde el gato tenga un poco de vida, un poco de noche le será suficiente hasta que al fin, al amanecer, aquel tictactictac renazca en la forma que conocemos todos, incluso el gato, el tictactictac eterno. Volverá entonces la rutina, volverá el tedio, y volverá el gato, exhausto, a adormilarse en el sillón de la sala grande, con la luz del alba dorando los contornos de su figura, calentando su cuerpo frío mientras la bandejita sea alcanzada lentamente por la luz de un nuevo día.
Ah!, nosotros, los pequeños gatos.
Enero 2005.
Desde esta sala, este breve espacio, toco mi taza y la lleno d eun poquito de vino, algo que quedó del año nuevo y no importa, es suficiente:
brindo por este post, por tu blog, por el hallazgo.
:)