Hocico negro
3 de julio de 2012 by Juan
El primer perro que tuve de niño se
llamaba Pibe. Era un can color bayo, de raza indefinible y con el hocico tan
oscuro como la noche o la muerte. Al verlo, mamá nos recordó que los perros de
hocico negro estaban predestinados a tener muy mal carácter, y aunque nadie dio
importancia a su advertencia el tiempo le dio la razón: Cuando Pibe creció tuvo
que ser confinado en el techo de nuestra casa debido a su bravura. Si por
descuido alguien dejaba abierta la puerta de la azotea mi perro bajaba raudo y
en un segundo estaba ya husmeando en las ollas de la cocina, paseando su figura
alargada y firme por la sala, mordisqueando la alfombra y tirando al suelo
infinidad de adornos delicados, o peor aún, intentando salir a la calle,
ladrando furioso ante la presencia de algún transeúnte. Para regresarlo no
había forma más efectiva que tomar una manguera gruesa, que existía en casa
sólo para tal fin, y azotarlo, o intentar azotarlo, hasta que el dolor o el
temor le hiciesen retornar nuevamente a su confinamiento.
A pesar de los esporádicos castigos
no podría decir que mi perro la pasaba del todo mal, su vida era, sino feliz al
menos bastante tranquila. Arriba, en el techo, Pibe tenía tres comidas al día,
una casa de madera más que confortable y suficiente espacio para corretear tras
la pelota de trapo que mi padre le había regalado.
Por las noches papá y yo subíamos
también a la azotea para jugar con nuestra mascota. A menudo, mientras yo
correteaba junto a Pibe, papá se quedaba en silencio mirando el horizonte,
contemplando las elevadas montañas que cercaban mi ciudad y en donde pronto
empezaron a encenderse figuras de hoces y martillos. Papá, en su condición de
investigador de la policía, sabía bien lo que se gestaba en aquellas
distancias. “Son los guerrilleros”, me decía mientras detenía mi juego para
admirar también las figuras encendidas. “Pronto vendrán y la guerra llegará
hasta nuestras casas”, anunciaba papá y yo no era capaz de imaginar una guerra
en medio de mi casa de la misma manera en que jamás pude imaginar a mi padre
participando de esa guerra, aún cuando muchas veces lo vi salir de casa
portando sus dos revólveres y despidiéndose de mi madre de manera dramática.
Mi padre, cosa curiosa, era un
policía singular debido a su excesiva timidez y su exagerado respeto hacia el
mundo adulto. De niño mi abuelo lo había educado bajo una severa disciplina
donde los castigos y la crueldad eran cosa común. Papá jamás pudo asimilar
tanta violencia y en su interior se depositó un enorme temor hacia mi abuelo y
luego ese temor se personificó en toda persona adulta. Así que las buenas
maneras y el excesivo respeto por la gente eran para mi padre normas de
conducta inquebrantables, no cabía en él la posibilidad siquiera de
incomodarlos con un gesto poco afable o peor aún, con algún tipo de agresión
verbal o física; éste tipo de cosas estaban totalmente vedadas para él pues, de
cometerlas, lo sabía bien, merecería, como en sus épocas infantiles, una
reprimenda cruel y terrible.
Una tarde, cuyo recuerdo es un tanto
difuso en mi memoria, fui al cumpleaños de uno de mis vecinos del barrio. A mi
regreso, antes de acostarme, decidí buscar a mi perro para jugar un rato con
él, pero al llegar a la azotea descubrí que Pibe ya no estaba. Bajé al patio
posterior, hurgué en los dormitorios, en la cocina, en la sala y mi perro no
apareció por ningún lado. Mi madre me dijo, con el rostro nervioso y
gesticulando demasiado, que un amigo de mi padre se lo había llevado a su
hacienda. Esa noche lloré apenado por mi mascota y aunque supuse que toda
aquella historia era una total mentira preferí no hacer más indagaciones y
olvidar a Pibe.
Ocho años después nos habíamos
mudado a Lima y vivíamos en un departamento en donde mamá recibía constantes
visitas. Una tarde llegó una antigua amiga de la familia, mi madre la recibió
con alegría y rápidamente se enfrascaron en una amena conversación llena de
añoranzas. De recuerdo en recuerdo terminaron hablando sobre Pibe a quien
aquella señora recordaba por su hocico negro y su bravura. Escondido detrás de
una puerta pude enterarme al fin, en palabras de mi madre, de lo que le había
sucedido a mi mascota. Aquella tarde en la que yo había asistido al cumpleaños
de mi vecino, mi perro, pobre él, había conseguido bajar de la azotea; veloz se
había dirigido a la sala y al ver, mala suerte que no llega sola, la puerta de
ingreso totalmente abierta, había alcanzado la calle. Un vecino estaba pasando
en ese instante delante de mi casa y Pibe, hocico negro, mal carácter, se le
había ido encima hasta hacerle jirones una de las mangas de su casaca. El
hecho, escandaloso por la cólera en la que montaron los padres del vecino y por
los gritos que vinieron a dar a la puerta de mi casa, terminó por avergonzar
terriblemente a mi padre que en ese preciso momento llegaba del trabajo. Luego
de disculparse copiosamente, papá ordenó a mi madre a quedarse en su habitación,
inmediatamente subió a la azotea, cogió a Pibe de la correa con una mano, y con
la otra, empuñando su revólver, le descargó dos tiros en la cabeza.
Después de enterrar a mi perro en el
patio posterior, papá tomó un baño, vistió un elegante terno negro y con el
rostro desencajado salió de casa. Mi madre, invadida por la angustia, lo retuvo
un instante:
-¿A dónde vas?
-Voy al velorio de mi colega Monroy,
los terrucos lo han matado delante de mí y yo no hice nada… –confesó mi padre quizás
para justificar su barbarie.
Mucha razón tuvo él cuando dijo que
la guerra llegaría hasta nuestras casas, ahora teníamos una fosa, una víctima,
un victimario, todos inocentes.