Treinta Lucky's

Aquel Domingo no mereció llamarse día, los domingos no son días en todo el sentido de la palabra, los domingos son apenas una extensa y mohosa hora mientras dura y un instante corto y seco cuando ya estamos Lunes, los domingos son como una hora detenida en la que permanezco suspendido entre mis dos sillones de paja (apoyando la nuca en el borde de uno, y los talones en el borde del otro) como un cuerpo que flota en un tiempo vacío y terrible. No le faltaba razón a Millás cuando decía: "no sé cuando es Lunes o cuando es Martes, pero sé cuando es Domingo por la tarde".

Por eso es mejor que olvidemos aquel Domingo, idéntico a todos los otros domingos, pasemos al Lunes. Ese Lunes sí que fue un verdadero día, un día memorable, un Lunes varicela que me dejó huellas cóncavas por todo el cuerpo. En fin, digamos que llegó el Lunes con su Buenos Días Perú, con su pan con mermelada a las diez de la mañana y su arroz con frejoles fríos comidos con premura a la hora del almuerzo mientras leía, una vez más, una novela pesimista de Kawabata que estaba a punto de dejar no por mala sino porque estaba tan bien escrita que me había contagiado su desgano.

Hasta ahí todo bien, todo suave, siguiendo el curso enhiesto de las horas de oficina. De pronto, mientras presenciaba la lenta muerte del día apareció Sesilia en el messenger, y tras ella, la hecatombe. Era su último día de vacaciones, me dejó un escueto "Holasss" en mi ventana celeste y yo respondí diligente dejando caer en la suya el smile que lanza un hipopotámico bostezo (he pensado estos días si la historia habría seguido el mismo curso si hubiese utilizado otro smile como respuesta, el chaposito por ejemplo, o el que saca la lengua socarronamente). Luego, huelga decirlo, me quedé prendido de esa ventana dando leves golpecitos en mi teclado, como un vaquero a punto de empezar un duelo, esperando a que me respondiera. Tardó media hora en hacerlo, y su respuesta fue una invitación a boca de jarro "¿Podemos vernos a las siete para tomar un vino?". Pero yo tengo mi dignidad, me dije para mis adentros, estoy harto de que me tenga por muñeco de cuerda y que me eche a andar cuando le plazca, así que me hice el difícil, "Imposible", respondí, y luego agregué: "Mejor a las siete y media" (mi fuerza de voluntad no dio para más).

Comimos pizza y tomamos vino, o tomamos pizza y comimos vino, ya no se bien. El lugar era absolutamente encantador, un café aparecido sólo para ella y para mí en un altillo con viejos muebles de otro tiempo, fotografías sacadas del Courret en las paredes y luces de velas a punto de apagarse dejando todo el asunto de las formas y los colores en manos de la imaginación; un recoveco arrancado de cuajo de París o de Londres (disculpen si no sé precisar mejor su procedencia pero no conozco Paris, ni Londres), regentado por un calvo con bigotes cortados a la italiana que nos adormecía de a pocos poniendo a Anat Cohen y su clarinete entre la niebla provocada por los treinta Lucky's que nos fumamos, un lugar que debió desaparecer luego que nos fuimos, a eso de la una de la madrugada, para volver a formar parte de la bohemia del primer mundo.

Debo hacer un alto y tentar algo así como un flashback ya que he olvidado un detalle que presumo es decisivo en esta historia, remontémonos al cigarrillo número veintitrés, la hora no sé precisarla. Yo estaba casi mareado, y ella lo estaba completamente. Hablábamos de las ceremonias mortuorias en el reino de los Chachapoyas y de las ojeras de Bob Dylan (yo de Dylan y ella de los Chachapoyas, al unísono) cuando en natural correlación de temas, acercó temerariamente su rostro al mío y me pidió que le escupa. No me atreví, aún cuando ella se justificó aduciendo un simple y contundente "pues porque es divertido". Yo balbuceaba argumentos por los cuales un caballero no se anda por el mundo escupiendo a sus amigas, por más tormentos que éstas les infrinjan, pero debieron ser tan insulsas mis negativas que sin previo aviso recibí una generosa porción de saliva de su boca, violenta y escatológica. Sí, un soberbio escupitajo digno de otros escenarios para mí impensables. Luego, su sonrisa escandalosa me hizo comprender que aquello le resultaba absolutamente seductor y debí guardar respetuoso silencio mientras me ponía a hacer gorgoritos acopiando saliva al tiempo que ella cerraba esos ojillos de roedor y levantaba el mentón ofrendándome su rostro infantil a la espera de una respuesta procaz y obscena en igual medida.

Salimos, decía yo antes del flashback, hacia el paradero, llovía a cántaros y en el trayecto jugamos a sortear los surcos de la vereda para no irnos al infierno si acumulábamos cinco pisadas seguidas, aunque eso significase empaparnos los zapatos en las encharcadas calles. Media cuadra antes de llegar al paradero de autobuses, las palabras mágicas brotaron de sus labios: el abracadabrapatadecabra, el churinchurinfunflais, el visviruliparangaricutirimicuaro inequívoco de una mujer que ya no quiere dar marcha atrás en lo que ha decidió en un instante de insensatez. "No quiero ir a mi casa" dijo y el cielo se abrió y bajaron ángeles,  arcángeles, serafines y hasta una corte conformada por carameleros, beodos irredentos y lánguidos enajenados emperifollados con atuendos hechos de bolsas de plástico y  estropajos que sin mediar palabra nos condujeron, solícitos y echándonos vivas, hasta el aposento apropiado al que las parejas se dirigen irremediablemente tras pronunciar tan preciosas y mágicas palabras.

Arribamos a un hotel de media estrella y subimos a una habitación sin número, la única habitación que permaneció iluminada sabiamente por una vela que robé de una discoteca y amenizada por la media botella de vino que compré presuroso en una cantina a punto de cerrar (quisiera narrar cómo fue que conseguí ambos artículos de valor fetiche para ella pero mis desvaríos harían peligrar la coherencia de mi relato).

Las imágenes se suceden en mi mente una tras otra, aleatorias pero con una claridad sorprendente, repaso en mi mente cada sutil detalle, cada imperceptible señal que debí haber captado para cambiar el curso de la historia. Soy presa fácil del desconcierto, así que ahora es necesario terminar lo más pronto posible esta historia, a ver si luego de esto encuentro alguna respuesta.

Cuando faltaba un par de horas para amanecer descubrí que el crimen, su crimen, había sido perpetrado con premeditación, alevosía y ventaja. Traía bajo su ropita de emo indecisa la lencería propia de un puterío: corpiño transparente y diminuto, y una trusita negra perceptible apenas con el tacto, humedecida y atemperada por los sorprendentes pliegues de su cuerpo. Lo que ocurría allí era pues una escena de pedofilia de reportaje dominical, una cámara medio temblorosa y de baja resolución que mostraba en la penumbra a una niñita que se contorneaba sobre mí lanzando improperios mientras escuchaba una canción de Iggy Pop a todo volumen a través de su reproductor mp3. Felizmente, unos minutos después dejó de ser Iggy pop para acurrucarse junto a mi tarareando a Espinetta con entonación de sirena (agradezco sus variados gustos musicales). En ese momento era por fin ella, la verdadera Sesilia que no llego a entender del todo, la nefelibata, la sobrecogedora Sesilia de mis malos cuentos, era el paraíso. Una hora más tarde, estábamos otra vez entrelazados sin poder decir con certeza cual extremidad era mía y cual suya, tomando y fumando hasta que, incontrolable, metí mi nariz en el cuenco que se formaba entre su cuello y su hombro, allí donde reposan todos los olores de la gente, para olerla, inhalarla, para atesorar sus perfumes y eternizarlos en mi memoria. Ese debió haber sido mi error pues un instante después, al alejarme un tanto de ella, abotagado por su perfume, la miré a los ojos e intenté confesar lo que ella ha sabido durante todos estos años en los que apenas si nos hemos visto unas pocas veces para intercambiar unas cuantas palabras y dos libros: "Sabes camarada, yo he debido decirte hace tiempo ..." pero ella no quiso seguir escuchándome, así que decidió apagar su cigarro apretándolo contra el cenicero que reposaba sobre el velador; y luego fui yo cenicero y ella fue cigarro. Su dedo índice silenció mis labios, me abrazó y se apretó contra mí con fuerza y como a un niño al que le cuentan que Papa Noel no existe me dijo sabiamente y muy despacio, "Somos amigos Juan, somos amigos".

Cuando caminábamos, ya en plena mañana del Martes, por la frontera entre el mar y esta ciudad todavía soñolienta, me confesó que la tarde anterior su madre le había dicho que estaba decepcionada de ella porque hasta ahora no conseguía terminar sus estudios, avergonzada por su confesión empezó a llorar mientras me decía que hacía mucho tiempo que su madre y ella habían dejado de ser buenas amigas. Me sorprendió el saber que una frase de su madre nos había conducido finalmente por una noche tortuosa y terrible, entonces quise decir algo que le sirviese de consuelo sabiendo de antemano que fracasaría en el intento: "Tranquila camarada, hay que hacernos la idea de que la vida es abrazo y es también beso, es risa y es cosquilla, pero a menudo es también un cigarro que nos apagan en el pecho, y es aprender a soportar la quemazón sin decir nada, con los dientes bien apretados, bien apretados".

Fin.

Enero 2010.

4 comentarios:

    Entretenido. Me llama la atención el uso que das a las imágenes descritas y el lenguaje, si no tan "coloquial", sí fluido y sencillo. Aunque las frases que dan a entender al lector la falta de sentido del tiempo/realidad en el protagonista ya se hacen demasiadas.

    "... una novela pesimista de Kawabata que estaba a punto de dejar no por mala sino porque estaba tan bien escrita que me había contagiado su desgano."
    .
    .
    .
    jajajaja... si, suele tener ese efecto.

     

    Wow


    ....Se puede soltar algo más que un WOW?


    De 1 al 20 un 17 ... y eso que casi lo dejo... hasta que te escupieron, bien! carajo, me dije... jajaja

    Hey, es Trucita? ... no viene de TRUSA? Trusita?... en el rae no encuentro TRUZA, lo que devendría en que se pueda decir Trucita por la regla de la "z" Me he quedado con la duda.... :-/

     
    On 1:02 a. m. Anónimo dijo...

    Cierto. Corregido está

     

    Así me gusta, que me hagas caso cuando te lo ordeno!!! XD ji

    Estamos pa maletearnos amigo,

    Nos leemos,

     

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