Condenados
24 de diciembre de 2005 by Juan
Solís bajó del helicóptero, avanzó rápidamente algunos pasos y luego se detuvo. Levantó la mirada, una profusa lluvia le hacía fruncir el entrecejo de una manera curiosa, jamás, ni en la más alejada de las punas había presenciado un aguacero tan intenso; el olor a tierra húmeda y el calor que para él resultaba paradójico junto a tan copiosa lluvia le dibujaban en el rostro una expresión de extrañeza. El ambiente estaba cargado de un sopor que no lo dejaba respirar. Frente a sus ojos los montes como cubiertos por una extensa alfombra verde lo hacían ver tan pequeño, tan vulnerable. Entre los gritos de El Capitán y el trepidar del helicóptero, la tropa terminaba de descender de la aeronave y corría desordenadamente hacia unos árboles cercanos, Solís estaba ya en medio de la selva, había avanzado algunos metros más cuando se detuvo nuevamente, por un instante, a mirar a su alrededor, tenía miedo, nunca se había sentido tan solo. Al fin el helicóptero se elevó hasta desaparecer entre las montañas y en solo unos segundos todo era silencio, un silencio que a Solís lo tomó por sorpresa, un silencio que lo paralizó. De pronto, un puntapié en la pierna le hizo volver en sí, El Capitán, que lo había alcanzado, lo tomó del cuello y casi a rastras lo llevó a que se reuniera con el resto de la tropa.
Solís no salía aún del asombro que le causaba ese singular lugar cuando El Capitán comenzó a hablarles:
-Debemos internarnos en el monte y seguir con dirección al este, el terreno es accidentado, esperamos encontrar a los Cumpas en cualquier momento, no tenemos información exacta de donde se encuentran. No quiero ver a ningún huevón distraído, si vuelvo a ver a otro cojudo parado en medio de la selva como si estuviera en el patio de su casa lo reviento a patadas. Demás está decirles que deberán tomar todas las precauciones posibles, Elías irá adelante junto conmigo. Una vez que hayamos terminado con el campamento de los Cumpas quemamos todo y nos regresamos por donde vinimos. Y no olviden, no suelten sus armas ni para cagar. ¡Andando!
Formados en fila india empezaron la caminata. Solís se encontraba en mitad del grupo, detrás de él, Martínez lo seguía bastante asustado. La lluvia no cesaba y hasta parecía empeorar a cada segundo.
Bruno Solís no conocía a nadie, había sido destacado ese mismo día por mala conducta, talvez por eso se sentía tan solo. Mientras caminaba se lamentaba de lo mal que le habían ido las cosas los últimos días, había peleado con su esposa y ella había regresado a la casa de su madre junto con su pequeña hija. Le aterraba la idea de no volver a verlas, talvez porque su esposa no le perdonaría la infidelidad que había cometido, o peor aún, porque quizá no saldría vivo de aquella misión. Recordaba el rostro de su hija que sollozaba mientras su madre la metía en un taxi:
-Te jodiste, ni mas me verás hijo de puta!, ni a mí ni a mi hija!
Toda la tarde se desplazaron por terreno fangoso, Solís intentaba inútilmente asirse a alguna rama, todo se deslizaba bajo sus pies, empezaba a anochecer y estaba exhausto. Martínez, que iba detrás, ayudaba a Solís a levantarse cada vez que caía en el fango, y éste respondía la amabilidad con atenciones similares cuando Martínez lo necesitaba. Ambos soldados intentaban intercambiar algunas palabras mientras caminaban; se quejaban del clima, de los mosquitos y de todo lo que les rodeaba, ninguno de los dos había estado antes en la selva y ésta les parecía la peor forma de conocerla.
Cuando la noche se había instalado, El Capitán ordenó detenerse. El terreno escarpado y repleto de árboles no permitía levantar una sola tienda de campaña así que debieron dormir todos en sus “sleepings”, sentados y con las espaldas apoyadas en algún árbol para protegerse de la lluvia lo mejor que podían, por suerte ni Martínez ni Solís tuvieron que hacer guardia aquella noche; pero no lograron descansar lo suficiente por la incómoda posición en la que tuvieron que dormir.
Al amanecer la lluvia había cesado. El Capitán ordenó que recogieran sus bolsas de dormir y emprendieran la caminata tratando de borrar cualquier evidencia de su estadía en el lugar.
Mientras proseguían su camino Solís sintió una palmada en el hombro.
-oe’, ¡estoy sangrando!- le dijo Martínez.
Solís lo miró fijamente, un hilo de sangre se deslizaba desde su nariz hasta rozarle el labio. Sin detenerse se puso al lado de Martínez y le levantó la cara de modo que pudiese ver sus fosas nasales.
-Es sólo una gota de sangre- le dijo Solís.
Sin mucho que decir Martínez se secó la sangre con la camiseta que llevaba puesta y prosiguió su camino.
Al cabo de un rato Martínez volvió a tocarle el hombro a Solís.
-Sigo sangrando- dijo con rostro preocupado.
Tuvieron que detenerse mientras el resto de la tropa seguía de largo, Solís observó que cadentemente caían pequeñas gota de sangre de la nariz de Martínez.
-Puta, que raro, talvez sea el sol, quizá si te mojas la cabeza te calme la hemorragia- le dijo Solís con rostro también preocupado.
El Capitán que estaba delante de la tropa, al ver que Solís y Martínez se estaban rezagando, corrió hacia donde ellos y les dio un puntapié a cada uno.
-Avancen carajo, ya habrá tiempo para que se den besos, par de maricones- les increpó.
-Capitán, Martínez está sangrando- le informó Solís mientras se sobaba la nalga por el dolor.
-¡Límpiate y avanza nomás!- le ordenó El Capitán al tiempo que corría para volver a tomar la delantera diciendo en voz alta:
-Martínez está con su regla!.
De pronto se escuchó un estruendo que sacudió a los soldados que encabezaban la tropa, una humareda se levantaba en medio de gritos para detener la marcha. Todos se agazaparon y tomaron sus armas con fuerza, como aferrándose a lo único en lo que debían confiar. El Capitán corrió para ver lo que había sucedido. Elías, que había quedado encabezando a los soldados había pisado una mina y su cuerpo sin vida yacía cercenado a algunos metros de la explosión. El Capitán quedó absorto al ver los restos del soldado, su mirada estaba fija en aquel despojo. Inmediatamente ordenó a todos los soldados a tomar posiciones de vigilia en los cuatro flancos.
Cuando volvió la calma al grupo, El Capitán envió a un par de soldados a cavar un hoyo para enterrar el cuerpo de Elías.
Mientras los encargados cavaban el hoyo, el resto de soldados, agazapados en sus posiciones, miraban con pánico hacia todos lados con el corazón que parecía reventarles en el pecho; únicamente El Capitán permanecía con la mirada fija en el cuerpo de Elías. Aquél era su mejor soldado. En el fondo estaba aterrado al pensar que, de no haber sido por que tuvo que dejar a Elías delante del pelotón para reprender a Martínez y a Solís, habría sido él quién hubiese pisado la mina; y por un instante le pareció verse allí despedazado.
Con mayores precauciones de las que se habían tomado en un comienzo, el pelotón continuó su marcha; pero el avance era lento, a cada momento los soldados se detenían ante cualquier ruido, ante cualquier movimiento que era talvez provocado por algún animal, o por el viento, o quizá por los Cumpas que los seguían hasta esperar el momento adecuado en el que serían emboscados. Incesantemente los soldados se parapetaban tras algún árbol y hacían disparos hacia la espesura de la selva al notar un movimiento entre el follaje. Nadie decía una sola palabra, tan sólo las miradas delataban el efecto que había causado la horrenda muerte de Elías.
Cuando la tarde llegaba a su fin, el contingente alcanzó la cima de una montaña, la posición era un poco más ventajosa y el terreno propicio para acampar. El Capitán ordenó entonces levantar tiendas para pasar la noche. Ya más distendidos, los soldados tomaron posiciones y se dispusieron a dormir.
-Sigo sangrando- Le dijo Martínez a Solís –No me ha parado la hemorragia en todo el día.
Solís cortó un pedazo pequeño de tela de una camiseta que llevaba en la mochila y se la alcanzó a Martínez; éste envolvió la tela y se la introdujo en la nariz para evitar que la sangre siguiese saliendo.
Martínez fue uno de los designados para vigilar el campamento durante la noche. Solís le dijo que tomaría su lugar, Martínez no accedió; finalmente la guardia la hicieron juntos.
-No se que mierda tengo- se quejó Martínez.
-Talvez te has golpeado.
-¿Si me hubiera golpeado lo sabría no?
-Pues no sabía que a alguien le dé de la nada una hemorragia- contestó Solís algo molesto.
Sin mucho más que decir, Solís se fue quedando dormido producto del cansancio.
Aún no amanecía cuando una torrencial lluvia lo despertó de su sueño. Frente a él una imagen aterradora le hizo incorporarse; Martínez se encontraba sentado y con la mirada al cielo, el trapo que se había colocado para contener la hemorragia estaba empapado de sangre al punto que parecía un coagulo que brotaba de su nariz; la lluvia le golpeaba el rostro sin que Martínez emitiera gesto alguno.
-Puta madre’, eso no esta bien, la hemorragia no se detiene- dijo Solís bastante preocupado.
-Ya pasará compadre, lo único que puedo hacer por ahora es limpiarme la sangre con ésta lluvia de mierda- contestó Martínez.
Cuando El Capitán despertó fue informado de lo que le sucedía al soldado Martínez ante lo cual con tono despreocupado ordenó:
- Martínez, cambia de trapito porque el que tienes puesto está hecho mierda.
Caminaron durante todo el día. Martínez perdía sus fuerzas y su sangre a cada paso que daba, lentamente, inexorablemente, bajo una lluvia inclemente.
Por la tarde encontraron en un claro del bosque, y cerca de la cima de una montaña, una pequeña covacha construida por los Cumpas. El Capitán dedujo por la posición privilegiada de aquella guarida, que los habían vigilado todo el tiempo; miró a su alrededor, estaba rodeado de montañas llenas de frondosos árboles. ¿En donde estarían los Cumpas? cualquier lugar en medio de la selva era perfecto para esconderse, para realizar una emboscada; pero, si los soldados se encontraban realmente en tanta desventaja, sin ver al enemigo, cansados y temerosos ¿porqué los Cumpas no atacaban?.
El Capitán, atormentado por la incertidumbre de no saber donde se encontraba el enemigo decidió avanzar con sus hombres lo más rápido posible; debía apurarse y encontrarlos lo antes posible, pero nada se encontró durante aquel día.
Por la noche se ordenó detenerse para descansar en una zona agreste, era peligroso avanzar a oscuras. Mientras el pelotón se alistaba para dormir, un disparo cruzó el bosque y perforó el pecho de uno de los soldados que se apoyaba en un árbol. Un instante después el soldado caía pesadamente en el fango. Estaba muerto.
El pánico se apoderó nuevamente del contingente que disparaba en forma indiscriminada, pero era inútil dar en el blanco a un objetivo escondido en la oscuridad del bosque; un solo y certero disparo había hecho temer a todos los soldados. El Capitán, que trataba de mantener la ecuanimidad, organizó varios grupos para que caminasen cien metros hacia cada punto cardinal con la intención de encontrar al enemigo; pero ningún grupo encontró a los guerrilleros. Bajo una lluvia que parecía inundarlo todo pasaron la noche; la mayoría de soldados permanecieron despiertos con la idea de que quizá su cabeza, o su pecho, sería el blanco del siguiente disparo, así que debieron dormir tirados sobre el barro. Sólo Martínez durmió sentado, con la espalda apoyada en un árbol y el rostro levantado intentando inútilmente evitar su hemorragia. Solís, al percatarse de la posición de su compañero se le acercó e intentó persuadirlo de que se protegiera de los Cumpas recostándose en el suelo, pero Martínez no le hizo caso.
Solís no insistió pues la preocupación que había mostrado por su compañero enfermo había provocado burlas del resto de los soldados y evitó caer en ridículo.
Amaneció y Martínez seguía sangrando, lentamente, gota a gota; pero El Capitán y sus soldados tenían una ruta trazada de antemano y no había motivo que pudiera detenerlos; debían seguir internándose en la montaña, no podían regresar sólo por un soldado con hemorragia. El Capitán tampoco podía mandar de regreso al soldado enfermo junto a un par de compañeros hasta el llano pues el camino de cuatro días era demasiado arriesgado. Si tenían alguna posibilidad de salir vivos de allí era manteniéndose juntos.
Al anochecer los temores asaltaron a Martínez al notar que, con el transcurrir de los días, las fuerzas lo abandonaban, consideró seriamente en la posibilidad de morir en aquel lugar producto de una hemorragia hasta cierto punto absurda. En medio de la noche se sintió asustado, se preguntó porqué a él le sucedían esas cosas.
¿Es que acaso era producto de algún tipo de castigo o maldición?. Estaba condenado a muerte y eso le angustiaba. De pronto deseó creer en Dios para increparle el destino que le deparaba.
Durante la noche, como suelen hacer quienes sienten la muerte cerca, recordó su vida, y cayó en la cuenta de que todas las cosas que le habían pasado no tenían ningún valor, nada de lo que recordaba podía calificarlo como extraordinario, nadie lo recordaría por algún hecho en particular, su vida era como cualquier otra, sosa e injustificable.
Su memoria trazó un par de cuadros que había pintado alguna vez cuando era adolescente, había deseado ser pintor, pero nunca estuvo convencido de su talento, además, su madre lo había conminado a ser un abogado exitoso. Recordó que ingresó a la universidad sin mayor esfuerzo, y su carrera de abogado le pareció tan detestable que nunca la terminó. Su madre, producto de un aneurisma, quedó parapléjica; su padre, disciplinado y exigente, lo botó de casa al enterarse que había abandonado la universidad, de manera que, para asegurarse casa y comida, decidió enrolarse en el ejercito. Comprendió entonces que cada decisión que había tomado había sido la incorrecta, su destino se había dibujado de la peor manera posible, y cada elección lo había conducido hasta ése momento, por lo tanto no había a quien culpar por su condición, se tuvo lástima. Pensó que era terrible sentir lástima de sí mismo, y por un momento no le pareció del todo malo su destino: había llegado hasta ese punto por sus propias decisiones, de manera que asumió su inminente muerte como la mejor solución a su vida absurda. Deseó morir.
Al día siguiente, la cadente hemorragia había borrado cualquier vestigio de vitalidad del rostro de Martínez, ya no podía cargar con su equipaje, Solís se ofreció a llevarlo. Martínez caminaba con expresión despreocupada y ausente. Ahora las cosas a su alrededor tenían una belleza que no había sido capaz de ver hasta la noche anterior, se sentía ligero y hasta parecía disfrutar del paisaje que era realmente hermoso, pensó que, de tener una cámara, se pasaría el día tomando fotografías de cada escena sorprendente que observaba, cada animal extraño, las caídas de agua, y todo cuanto podía captar con sus sentidos le parecía sorprendente y bello, era como si hubiese recuperado esa capacidad de asombro, era como si hubiese vuelto a ser niño. Pero a la vez, la nostalgia lo invadía al pensar que dentro de poco todo aquello ya no estaría, o mejor dicho, que él ya no estaría vivo para disfrutar de cada cosa, por simple que fuese, y era como una desesperación por hacer suyo cada momento y hacerlo parecer sobrenatural. Era una sensación extraña, la felicidad de disfrutar de todo a su alrededor y la tristeza de estar convencido que todo aquello lo perdería irremediablemente.
Por el contrario, Solís, al igual que el resto de los soldados, detestaba cada día más aquel lugar, la hostilidad de la lluvia, del sol, de los mosquitos, de las serpientes; y no veía el momento de terminar con esa absurda caminata en busca de quien sabe qué lugar, y caminaba aferrado a su arma, disparando a todos lados, temeroso de la muerte, durmiendo casi enterrado en el lodo para no ser alcanzado por las balas de los Cumpas, esperando regresar sano y salvo a casa, con la intención de recuperar el amor de su esposa, y recuperar a su hija. Todos excepto Martínez evitaban morir, pero todos desfilaban en fila india directo a un enfrentamiento con los Cumpas, en el cual evidentemente muchos de ellos encontrarían la muerte.
Con el transcurrir de las horas y los días, Martínez ya no podía sostenerse en pie, sus compañeros construyeron, con lo que encontraron a mano, una camilla en la que llevaban a Martínez, mientras él, demacrado, con varios kilos menos, y en una posición privilegiada, miraba el horizonte, y avanzaba junto a todos sus compañeros en busca de los Cumpas, lentamente, cadentemente, al ritmo de cada gota de sangre que caía.
Solís no salía aún del asombro que le causaba ese singular lugar cuando El Capitán comenzó a hablarles:
-Debemos internarnos en el monte y seguir con dirección al este, el terreno es accidentado, esperamos encontrar a los Cumpas en cualquier momento, no tenemos información exacta de donde se encuentran. No quiero ver a ningún huevón distraído, si vuelvo a ver a otro cojudo parado en medio de la selva como si estuviera en el patio de su casa lo reviento a patadas. Demás está decirles que deberán tomar todas las precauciones posibles, Elías irá adelante junto conmigo. Una vez que hayamos terminado con el campamento de los Cumpas quemamos todo y nos regresamos por donde vinimos. Y no olviden, no suelten sus armas ni para cagar. ¡Andando!
Formados en fila india empezaron la caminata. Solís se encontraba en mitad del grupo, detrás de él, Martínez lo seguía bastante asustado. La lluvia no cesaba y hasta parecía empeorar a cada segundo.
Bruno Solís no conocía a nadie, había sido destacado ese mismo día por mala conducta, talvez por eso se sentía tan solo. Mientras caminaba se lamentaba de lo mal que le habían ido las cosas los últimos días, había peleado con su esposa y ella había regresado a la casa de su madre junto con su pequeña hija. Le aterraba la idea de no volver a verlas, talvez porque su esposa no le perdonaría la infidelidad que había cometido, o peor aún, porque quizá no saldría vivo de aquella misión. Recordaba el rostro de su hija que sollozaba mientras su madre la metía en un taxi:
-Te jodiste, ni mas me verás hijo de puta!, ni a mí ni a mi hija!
Toda la tarde se desplazaron por terreno fangoso, Solís intentaba inútilmente asirse a alguna rama, todo se deslizaba bajo sus pies, empezaba a anochecer y estaba exhausto. Martínez, que iba detrás, ayudaba a Solís a levantarse cada vez que caía en el fango, y éste respondía la amabilidad con atenciones similares cuando Martínez lo necesitaba. Ambos soldados intentaban intercambiar algunas palabras mientras caminaban; se quejaban del clima, de los mosquitos y de todo lo que les rodeaba, ninguno de los dos había estado antes en la selva y ésta les parecía la peor forma de conocerla.
Cuando la noche se había instalado, El Capitán ordenó detenerse. El terreno escarpado y repleto de árboles no permitía levantar una sola tienda de campaña así que debieron dormir todos en sus “sleepings”, sentados y con las espaldas apoyadas en algún árbol para protegerse de la lluvia lo mejor que podían, por suerte ni Martínez ni Solís tuvieron que hacer guardia aquella noche; pero no lograron descansar lo suficiente por la incómoda posición en la que tuvieron que dormir.
Al amanecer la lluvia había cesado. El Capitán ordenó que recogieran sus bolsas de dormir y emprendieran la caminata tratando de borrar cualquier evidencia de su estadía en el lugar.
Mientras proseguían su camino Solís sintió una palmada en el hombro.
-oe’, ¡estoy sangrando!- le dijo Martínez.
Solís lo miró fijamente, un hilo de sangre se deslizaba desde su nariz hasta rozarle el labio. Sin detenerse se puso al lado de Martínez y le levantó la cara de modo que pudiese ver sus fosas nasales.
-Es sólo una gota de sangre- le dijo Solís.
Sin mucho que decir Martínez se secó la sangre con la camiseta que llevaba puesta y prosiguió su camino.
Al cabo de un rato Martínez volvió a tocarle el hombro a Solís.
-Sigo sangrando- dijo con rostro preocupado.
Tuvieron que detenerse mientras el resto de la tropa seguía de largo, Solís observó que cadentemente caían pequeñas gota de sangre de la nariz de Martínez.
-Puta, que raro, talvez sea el sol, quizá si te mojas la cabeza te calme la hemorragia- le dijo Solís con rostro también preocupado.
El Capitán que estaba delante de la tropa, al ver que Solís y Martínez se estaban rezagando, corrió hacia donde ellos y les dio un puntapié a cada uno.
-Avancen carajo, ya habrá tiempo para que se den besos, par de maricones- les increpó.
-Capitán, Martínez está sangrando- le informó Solís mientras se sobaba la nalga por el dolor.
-¡Límpiate y avanza nomás!- le ordenó El Capitán al tiempo que corría para volver a tomar la delantera diciendo en voz alta:
-Martínez está con su regla!.
De pronto se escuchó un estruendo que sacudió a los soldados que encabezaban la tropa, una humareda se levantaba en medio de gritos para detener la marcha. Todos se agazaparon y tomaron sus armas con fuerza, como aferrándose a lo único en lo que debían confiar. El Capitán corrió para ver lo que había sucedido. Elías, que había quedado encabezando a los soldados había pisado una mina y su cuerpo sin vida yacía cercenado a algunos metros de la explosión. El Capitán quedó absorto al ver los restos del soldado, su mirada estaba fija en aquel despojo. Inmediatamente ordenó a todos los soldados a tomar posiciones de vigilia en los cuatro flancos.
Cuando volvió la calma al grupo, El Capitán envió a un par de soldados a cavar un hoyo para enterrar el cuerpo de Elías.
Mientras los encargados cavaban el hoyo, el resto de soldados, agazapados en sus posiciones, miraban con pánico hacia todos lados con el corazón que parecía reventarles en el pecho; únicamente El Capitán permanecía con la mirada fija en el cuerpo de Elías. Aquél era su mejor soldado. En el fondo estaba aterrado al pensar que, de no haber sido por que tuvo que dejar a Elías delante del pelotón para reprender a Martínez y a Solís, habría sido él quién hubiese pisado la mina; y por un instante le pareció verse allí despedazado.
Con mayores precauciones de las que se habían tomado en un comienzo, el pelotón continuó su marcha; pero el avance era lento, a cada momento los soldados se detenían ante cualquier ruido, ante cualquier movimiento que era talvez provocado por algún animal, o por el viento, o quizá por los Cumpas que los seguían hasta esperar el momento adecuado en el que serían emboscados. Incesantemente los soldados se parapetaban tras algún árbol y hacían disparos hacia la espesura de la selva al notar un movimiento entre el follaje. Nadie decía una sola palabra, tan sólo las miradas delataban el efecto que había causado la horrenda muerte de Elías.
Cuando la tarde llegaba a su fin, el contingente alcanzó la cima de una montaña, la posición era un poco más ventajosa y el terreno propicio para acampar. El Capitán ordenó entonces levantar tiendas para pasar la noche. Ya más distendidos, los soldados tomaron posiciones y se dispusieron a dormir.
-Sigo sangrando- Le dijo Martínez a Solís –No me ha parado la hemorragia en todo el día.
Solís cortó un pedazo pequeño de tela de una camiseta que llevaba en la mochila y se la alcanzó a Martínez; éste envolvió la tela y se la introdujo en la nariz para evitar que la sangre siguiese saliendo.
Martínez fue uno de los designados para vigilar el campamento durante la noche. Solís le dijo que tomaría su lugar, Martínez no accedió; finalmente la guardia la hicieron juntos.
-No se que mierda tengo- se quejó Martínez.
-Talvez te has golpeado.
-¿Si me hubiera golpeado lo sabría no?
-Pues no sabía que a alguien le dé de la nada una hemorragia- contestó Solís algo molesto.
Sin mucho más que decir, Solís se fue quedando dormido producto del cansancio.
Aún no amanecía cuando una torrencial lluvia lo despertó de su sueño. Frente a él una imagen aterradora le hizo incorporarse; Martínez se encontraba sentado y con la mirada al cielo, el trapo que se había colocado para contener la hemorragia estaba empapado de sangre al punto que parecía un coagulo que brotaba de su nariz; la lluvia le golpeaba el rostro sin que Martínez emitiera gesto alguno.
-Puta madre’, eso no esta bien, la hemorragia no se detiene- dijo Solís bastante preocupado.
-Ya pasará compadre, lo único que puedo hacer por ahora es limpiarme la sangre con ésta lluvia de mierda- contestó Martínez.
Cuando El Capitán despertó fue informado de lo que le sucedía al soldado Martínez ante lo cual con tono despreocupado ordenó:
- Martínez, cambia de trapito porque el que tienes puesto está hecho mierda.
Caminaron durante todo el día. Martínez perdía sus fuerzas y su sangre a cada paso que daba, lentamente, inexorablemente, bajo una lluvia inclemente.
Por la tarde encontraron en un claro del bosque, y cerca de la cima de una montaña, una pequeña covacha construida por los Cumpas. El Capitán dedujo por la posición privilegiada de aquella guarida, que los habían vigilado todo el tiempo; miró a su alrededor, estaba rodeado de montañas llenas de frondosos árboles. ¿En donde estarían los Cumpas? cualquier lugar en medio de la selva era perfecto para esconderse, para realizar una emboscada; pero, si los soldados se encontraban realmente en tanta desventaja, sin ver al enemigo, cansados y temerosos ¿porqué los Cumpas no atacaban?.
El Capitán, atormentado por la incertidumbre de no saber donde se encontraba el enemigo decidió avanzar con sus hombres lo más rápido posible; debía apurarse y encontrarlos lo antes posible, pero nada se encontró durante aquel día.
Por la noche se ordenó detenerse para descansar en una zona agreste, era peligroso avanzar a oscuras. Mientras el pelotón se alistaba para dormir, un disparo cruzó el bosque y perforó el pecho de uno de los soldados que se apoyaba en un árbol. Un instante después el soldado caía pesadamente en el fango. Estaba muerto.
El pánico se apoderó nuevamente del contingente que disparaba en forma indiscriminada, pero era inútil dar en el blanco a un objetivo escondido en la oscuridad del bosque; un solo y certero disparo había hecho temer a todos los soldados. El Capitán, que trataba de mantener la ecuanimidad, organizó varios grupos para que caminasen cien metros hacia cada punto cardinal con la intención de encontrar al enemigo; pero ningún grupo encontró a los guerrilleros. Bajo una lluvia que parecía inundarlo todo pasaron la noche; la mayoría de soldados permanecieron despiertos con la idea de que quizá su cabeza, o su pecho, sería el blanco del siguiente disparo, así que debieron dormir tirados sobre el barro. Sólo Martínez durmió sentado, con la espalda apoyada en un árbol y el rostro levantado intentando inútilmente evitar su hemorragia. Solís, al percatarse de la posición de su compañero se le acercó e intentó persuadirlo de que se protegiera de los Cumpas recostándose en el suelo, pero Martínez no le hizo caso.
Solís no insistió pues la preocupación que había mostrado por su compañero enfermo había provocado burlas del resto de los soldados y evitó caer en ridículo.
Amaneció y Martínez seguía sangrando, lentamente, gota a gota; pero El Capitán y sus soldados tenían una ruta trazada de antemano y no había motivo que pudiera detenerlos; debían seguir internándose en la montaña, no podían regresar sólo por un soldado con hemorragia. El Capitán tampoco podía mandar de regreso al soldado enfermo junto a un par de compañeros hasta el llano pues el camino de cuatro días era demasiado arriesgado. Si tenían alguna posibilidad de salir vivos de allí era manteniéndose juntos.
Al anochecer los temores asaltaron a Martínez al notar que, con el transcurrir de los días, las fuerzas lo abandonaban, consideró seriamente en la posibilidad de morir en aquel lugar producto de una hemorragia hasta cierto punto absurda. En medio de la noche se sintió asustado, se preguntó porqué a él le sucedían esas cosas.
¿Es que acaso era producto de algún tipo de castigo o maldición?. Estaba condenado a muerte y eso le angustiaba. De pronto deseó creer en Dios para increparle el destino que le deparaba.
Durante la noche, como suelen hacer quienes sienten la muerte cerca, recordó su vida, y cayó en la cuenta de que todas las cosas que le habían pasado no tenían ningún valor, nada de lo que recordaba podía calificarlo como extraordinario, nadie lo recordaría por algún hecho en particular, su vida era como cualquier otra, sosa e injustificable.
Su memoria trazó un par de cuadros que había pintado alguna vez cuando era adolescente, había deseado ser pintor, pero nunca estuvo convencido de su talento, además, su madre lo había conminado a ser un abogado exitoso. Recordó que ingresó a la universidad sin mayor esfuerzo, y su carrera de abogado le pareció tan detestable que nunca la terminó. Su madre, producto de un aneurisma, quedó parapléjica; su padre, disciplinado y exigente, lo botó de casa al enterarse que había abandonado la universidad, de manera que, para asegurarse casa y comida, decidió enrolarse en el ejercito. Comprendió entonces que cada decisión que había tomado había sido la incorrecta, su destino se había dibujado de la peor manera posible, y cada elección lo había conducido hasta ése momento, por lo tanto no había a quien culpar por su condición, se tuvo lástima. Pensó que era terrible sentir lástima de sí mismo, y por un momento no le pareció del todo malo su destino: había llegado hasta ese punto por sus propias decisiones, de manera que asumió su inminente muerte como la mejor solución a su vida absurda. Deseó morir.
Al día siguiente, la cadente hemorragia había borrado cualquier vestigio de vitalidad del rostro de Martínez, ya no podía cargar con su equipaje, Solís se ofreció a llevarlo. Martínez caminaba con expresión despreocupada y ausente. Ahora las cosas a su alrededor tenían una belleza que no había sido capaz de ver hasta la noche anterior, se sentía ligero y hasta parecía disfrutar del paisaje que era realmente hermoso, pensó que, de tener una cámara, se pasaría el día tomando fotografías de cada escena sorprendente que observaba, cada animal extraño, las caídas de agua, y todo cuanto podía captar con sus sentidos le parecía sorprendente y bello, era como si hubiese recuperado esa capacidad de asombro, era como si hubiese vuelto a ser niño. Pero a la vez, la nostalgia lo invadía al pensar que dentro de poco todo aquello ya no estaría, o mejor dicho, que él ya no estaría vivo para disfrutar de cada cosa, por simple que fuese, y era como una desesperación por hacer suyo cada momento y hacerlo parecer sobrenatural. Era una sensación extraña, la felicidad de disfrutar de todo a su alrededor y la tristeza de estar convencido que todo aquello lo perdería irremediablemente.
Por el contrario, Solís, al igual que el resto de los soldados, detestaba cada día más aquel lugar, la hostilidad de la lluvia, del sol, de los mosquitos, de las serpientes; y no veía el momento de terminar con esa absurda caminata en busca de quien sabe qué lugar, y caminaba aferrado a su arma, disparando a todos lados, temeroso de la muerte, durmiendo casi enterrado en el lodo para no ser alcanzado por las balas de los Cumpas, esperando regresar sano y salvo a casa, con la intención de recuperar el amor de su esposa, y recuperar a su hija. Todos excepto Martínez evitaban morir, pero todos desfilaban en fila india directo a un enfrentamiento con los Cumpas, en el cual evidentemente muchos de ellos encontrarían la muerte.
Con el transcurrir de las horas y los días, Martínez ya no podía sostenerse en pie, sus compañeros construyeron, con lo que encontraron a mano, una camilla en la que llevaban a Martínez, mientras él, demacrado, con varios kilos menos, y en una posición privilegiada, miraba el horizonte, y avanzaba junto a todos sus compañeros en busca de los Cumpas, lentamente, cadentemente, al ritmo de cada gota de sangre que caía.
Agosto 2004.
Tratar sobre la guerra como lo has hecho, implica darle esa fibra, ese suspenso que le has dado...
Y ese final.
otra evz leí de principio a fin, fluidamente.