Mirada de rifle
24 de diciembre de 2005 by Juan
El hombre toma conciencia
de estar despierto cuando,
en alguna ocasión, un tejido de conceptos
es desgarrado de repente por el arte
y llega a creer que sueña.
1.
Adrián estaba, irremediablemente, condenado a escribir; y sin embargo, no podía hacerlo.
Era casi la media noche, un par de inútiles horas frente al computador en el que no había sido capaz de escribir más de dos líneas lo arrojaron sin contemplaciones a la calle. Parecía una noche cualquiera, de esas en las que no queda mas remedio que dormir y sin embargo nos negamos a hacerlo. Como siempre en estos casos siguió el rito de agotar su cuerpo y despejar su mente; salió de su apartamento y tomó un autobús cualquiera que lo llevara hasta encontrar un lugar tranquilo por donde pudiese caminar. Una vez fuera del autobús se internó por pequeñas calles rodeadas de chalet’s de dos pisos y jardines bien cuidados. Encendió un cigarro.
El humo raspando su garganta. El humo saliendo por su nariz.
El humo mezclándose con su aliento tibio se filtraba en la noche y pasaba a ser parte de la ligera neblina.
Hacía frío pero pronto llegaría el verano.
Era ya casi un mes en el que Adrián no escribía. En otros tiempos el problema se habría resuelto fácilmente hurgando en sus recuerdos más cercanos. Sus manos habrían danzado con gracia sobre el teclado, y en un par de hojas de correcta prosa habría plasmado algo de su inmediato pasado, y muy entrada la noche, su cuerpo agotado regresaría a su habitación a dormir tranquilamente sintiendo que un par de hojas justificaban su desvelo y su ego de sentirse escritor sin serlo ni pretenderlo demasiado. Pero esta vez era distinto; sus vivencias barnizadas en una correcta prosa no eran ya suficientes, escribir su magra biografía a retazos le parecía patético y deprimente. ¿Es que acaso él era capaz de escribir sólo sobre su propia vida?, Adrián no estaba de acuerdo con ese tipo de condena.
-¿Has leído la biografía de Gabo? Con una vida así, García Márquez tenía necesariamente que escribir “Cien años de soledad” ¡pues! -le había dicho alguna vez un amigo arrancando de Adrián una sonrisa complaciente y una reflexión sincera: Sólo quienes hayan vivido una vida tan vasta y sorprendente como Gabo tenían suficiente sustento para crear obras monumentales basadas en sus propias experiencias.
Pero entonces, ¿qué pasaba con aquellos tipos como Adrián, que llevaban vidas normales y soporíferas?
A aquellos sólo les queda la ficción –se decía- y deben ser capaces de elaborar con maestría la enredada filigrana de una trama insólita y compleja, llena de personajes bien logrados a fuerza de imaginación e inventiva.
Pero no era tan fácil, Adrián no sabía como conducirse por aquellos caminos: “Inventar” personajes, circunstancias, argumentos; en fin, todo lo que Adrián consideraba ficción le estaba vedado, había decidido entonces no volver a escribir hasta conseguir un argumento distinto al de su pasado inmediato.
Su mano derecha revoloteaba compulsivamente las monedas que llevaba en el bolsillo, y su mirada se perdía entre los techos de los chalet’s en donde algunas ropas tendidas se estremecían en silencio.
Aquellas calles vacías le infringían algo de temor, pero lo sabía sobrellevar. Bajo sus pies la calzada parecía deslizarse suavemente hasta morir en medio de un enorme parque. Mientras se internaba, una imagen borrosa dejaba de serlo. Era una mujer sentada en una de las bancas, estaba agachada y leía un grueso libro; sus cabellos cubrían su rostro a manera de inesperadas persianas y uno de sus pies se balanceaba como llevando el ritmo de una canción.
El cadente crujir de los grillos en la noche, una mujer sola en una de las bancas y el extenso parque, conformaban una imagen conmovedora que le pareció haberla visto antes, tal vez en un sueño.
No. Adrián no soñaba nunca.
Él quiso formar parte de aquella imagen memorable y sin mas se sentó en una de las bancas frente a la muchacha. Un viento frío parecía juguetear con el cabello de la mujer, mientras que ella, penosamente, se sujetaba los mechones que no la dejaban leer.
Se llamaba Sofía, según supo después.
De pronto la muchacha levantó la vista como buscando algo que se le había perdido, recorrió todo el parque con su mirada hasta que vio a Adrián. Tan sólo por un instante pareció invadida por la duda; pero luego se levantó y con paso seguro llegó hasta donde él estaba sentado.
-¿Disculpa, tienes un lapicero que me prestes?- le preguntó.
Adrián había pasado abruptamente de la contemplación sincera a la sorpresa absoluta por la repentina forma en que la muchacha lo abordaba sin temores y no supo qué responder, mientras que, mecánicamente, sus manos trataban de ganar tiempo recorriendo cada bolsillo de su pantalón y su casaca intentando encontrar el delgado objeto solicitado. Luego, una de sus manos entregaba el lapicero a la muchacha mientras la voz de Adrián apenas alcanzaba a decir:
-Creo que si tengo uno.
-Si, creo que sí tienes uno- le contestaba la muchacha al tomar el lapicero y luego le lanzaba una sonrisa que lo hizo avergonzar.
Él bajó la mirada contrariado, ella tomó una hoja que tenía en medio del grueso libro y empezó a escribir algo que él hubiese querido leer.
Alguna cita que merecía ser recordada.
-¿Que libro es? -Le preguntó.
-Rayuela, de Cortázar -Le dijo ella sin despegar la vista del papel, dando a entender que lo que escribía era de suma importancia.
-¿Así?, Rayuela es un libro genial, Cortazar es un maldito loco, yo jamás podría escribir un libro así.- Dijo Adrián con tono grandilocuente.
Ella lo miró de frente, como si de pronto aquella respuesta mereciera mayor atención.
-¿Acaso te gusta escribir?- Preguntó ella dejando de lado aquello que solo unos segundos antes parecía impostergable.
-Al menos lo intento, en la medida en que mi tiempo me lo permite- dijo él.
Esa frase había sido siempre un buen comienzo, ya otras veces, ese tema le había permitido cosechar miradas de admiración y alguna amistad sincera.
Ella se sentó a su lado, no dijo una palabra más, no hubo preguntas, tan sólo su mirada que estaba ahora clavada en el entrecejo de Adrián.
Como un rifle apuntando a su cabeza.
Y aún con algo de recelo, él empezó a hablarle a la muchacha.
-Lo que pasa es que por alguna razón no puedo dejar de escribir, tengo la necesidad de hacerlo, nunca he tratado de buscarle una respuesta a esa necesidad, no la necesito tampoco, solo que por estos días, no tengo qué escribir, y la necesidad me agobia. La muchacha no le despegaba la mirada.
Antes, Adrián detestaba que lo miren fijamente.
Adrián se quedó en silencio, temía haber dicho demasiado sobre un tema que a ella le podía parecer ridículo. Necesitaba una señal.
-Sabes, yo también escribo, aunque no continuamente, pero no me atormentaría dejar de hacerlo. Soy escultora, y bueno, creo que también podría dejar de esculpir, en todo caso, si lo dejara, buscaría otro medio para expresarme, tal vez fotografiando, o pintando, no se.
Avanzaba la noche al igual que el frío, Adrián encendió un cigarro, le invitó otro a la muchacha, subió la cremallera de su casaca hasta donde pudo, se apoyó pesadamente en el espaldar del asiento intentando ponerse cómodo, le pareció que aquella noche sería bastante larga. Respiró profundo tratando de tomar valor y dijo:
-Me llamo Adrián.
-Yo Sofía...
***
2.
Adrián le había prometido a Sofía mostrarle algunos de sus relatos. Tenía varias hojas guardadas en el cajón de su escritorio, pero todos eran demasiado personales, y lo que era peor, todos mencionaban recurrentemente a su novia. La noche anterior a su cita con la escultora estuvo revisando cada uno de sus textos intentando encontrar alguno que pudiese entregarle sin dejar la sensación de ser una autobiografía.
-Mierda, soy patético -pensó.
No le podría entregar ninguno; fácilmente la muchacha deduciría de sus relatos que Adrián tenía novia, y que la amaba. Agotado y preocupado intentó dormir. La noche estaba tranquila pero un ligero zumbido parecía aturdirlo, sintió su saliva espesa. Se durmió.
Al despertar se percató de lo avanzada de la hora. A tientas hurgó en los cajones de su escritorio y tomó algunas de las hojas que había revisado la noche anterior. Se fue.
Se alistó, tomó desayuno y se fue a trabajar.
Por la tarde habló con su novia para decirle que no podría ir a verla esa noche.
-Tengo mucho trabajo amor, te llamo para darte las buenas noches- le dijo con impostado afecto.
Liberado de la novia, Adrián sólo tenía en su mente a Sofía, debía elegir el texto que le entregaría así que dejó a un lado su trabajo y revisó los textos que había sacado de su escritorio aquélla mañana:
“Carta de amor”.
“Adrián y Natalia en la cama”.
“El rostro de Naty”.
“El viaje de Adrián”.
“Las heridas de Adrián”.
Al fin se decidió por un relato con cierta rigurosidad formal y en el que describía el rostro de Natalia, su novia. Si bien era bastante delator, era quizá el que estaba mejor escrito, y por tanto capaz de impresionarla.
Por la noche se encontró con Sofía en un café cercano a un concurrido parque; a Adrián le pareció mucho más guapa que la primera vez.
Zapatillas rojas, jean azul muy ceñido, blusa blanca, un chaleco negro para darle el toque informal, el cabello revuelto hasta casi taparle sus enormes ojos negros y un sombrero cordobés muy coqueto.
Se saludaron tímidamente y se sentaron uno frente al otro de manera que Adrián podía observar en toda su amplitud aquel rostro sereno y joven que poseía Sofía; tras unos minutos de silencio colmado de impaciente espera, una mesera de mirada traviesa hacía posar un par de cafés en la mesa circular en la que se extinguía el fuego de la colilla de un cigarrillo.
A ella le encantaba el “Magdalena”.
Después del café pidieron una botella de vino. Luego del tercer vaso, Sofía tenía las mejillas sonrosadas y Adrián era invadido por los mareos mientras que las vergüenzas lo abandonaban.
-Toma, es algo que escribí, no es gran cosa -le dijo con falsa modestia al entregar a Sofía su pequeña obra. Luego añadió- Lo escribí hace mucho tiempo.
La frase agregada a destiempo intentaba hacerle creer a Sofía que aquella mujer que se describía en el relato pertenecía al pasado de Adrián.
-Bien, lo leeré luego- contestó ella con gesto amable.
Las palabras se deslizaban fácilmente, él no se caracterizaba por ser locuaz, pero Sofía tenía una mirada especial, una mirada que parecía una enorme pregunta que requería de una respuesta lo más extensa posible. Adrián tenía la sensación de que Sofía tenía en los ojos un rifle que apuntaba directo a su frente.
Muy entrada la noche salieron del café, Adrián tenía los ánimos exacerbados por la tertulia en la que había descubierto frente a él a una mujer de juicio mordaz y cuestionador, pero a la vez había encontrado en ella la ingenuidad conmovedora de quien no deja de soñar.
Adrián le daría un beso.
Caminaron lentamente por un boulevard rodeado de viejos ficus, Sofía parecía no querer irse; Adrián tampoco. Al despedirse, ella le acercó su rostro tímidamente, y él le entregó un dulce beso en su mejilla. Sofía sólo atinó a cerrar sus ojos tiernamente.
-Me gustó verte, prometo mostrarte algunas fotos de mis esculturas -Le dijo ella.
-Excelente, tal vez te muestre algo más de lo que tengo escrito -dijo Adrián casi gritándole mientras Sofía daba pequeños saltitos apresurados intentando subir al autobús.
Adrián no podía ocultar la emoción que sentía, la posibilidad de que Sofía se enamore de él era más que latente, era solo cuestión de tiempo, mas una terrible angustia lo asaltó de inmediato:
-¿Cuál será el siguiente relato que le entregaré si todo lo que escribo es mi vida con Natalia?
***
3.
La noche siguiente, Natalia tomó por asalto la cocina del apartamento de Adrián. Fue una velada de aquellas a las que lo tenía acostumbrado. Un par de chuletas se doraban crujiendo suavemente en la sartén. Después de la cena, ella recogió los enseres del comedor y se fue a la cocina a lavarlos; un colorido delantal protegía sus grandes pechos del agua que le salpicaba por momentos desde el lavadero, Adrián algo agobiado por su trabajo se dirigió al computador, ubicado en un rincón de su sala.
Desde aquel rincón del living contemplaba a Natalia.
Se veía realmente hermosa.
-¿Que más puedo pedir? –Se preguntaba– si frente a mí tengo a una mujer que me ama tanto.
De pronto, ella se liberó del delantal. Con pasos certeros se dirigió al living y a cada paso se iba desabotonando la blusa con rapidez como si la prenda le estuviese quemando. Cuando la tuvo cerca, Adrián la tomó entre sus manos, tenía el par de enormes pechos justo frente a sus ojos.
-Te amo- le dijo ella estrechándolo.
-Yo también -le contestó Adrián– yo también.
¿La amaba? Si, si la amaba.
La besó como solía hacerlo, de la única forma en la que se deberían besar los pechos de una mujer: delicadamente, tiernamente.
Adrián se fue sumergiendo lentamente en la penumbra de sus ojos entrecerrados al tiempo que sus manos extendidas recorrían cada pedazo de piel del turgente cuerpo de Natalia que se descubría a medida que sus ropas caían como quien deshoja una flor.
O como quien desnuda a una mujer.
Y sin embargo, su mente no podía olvidar a Sofía.
-Una escultora, eso no se encuentra así nomás -se decía- hay que tener suerte para que una artista se fije en un humano cualquiera como yo.
Un ligero orgullo lo invadía mientras el orgasmo lo aturdía violentamente.
-Dos mujeres que me quieren -pensó.
Las dos eran tan distintas. Su novia: Enormes ojos pardos y mirada inocente, la piel tan rosada como una recién nacida, una mujer enamorada hasta llegar casi a la devoción y el fanatismo, y además, cubierta en la voluptuosidad de una gata en celo. Sofía: Piel cetrina, rostro redondo; sus mejillas doradas por el vino, envuelta en su cabello desordenado, tan sorprendente y especial, tan ensimismada en mirar el mundo desde sus ojos de rifle y tan llena de preguntas.
Solo tenían algo en común, eran las dos únicas personas que habían leído lo que Adrián escribía.
****
4.
-Me gustó lo que escribiste- Dijo Sofía refiriéndose al relato que Adrián le había entregado la otra noche en el café.
-¿Quién es la mujer del relato?.
-Ya te lo dije, una enamorada que tuve hace tiempo- Respondió Adrián con descaro.
-Ah, ya recuerdo -Contestó ella- mira, te traje unas fotos de la exposición que hicimos en el museo de arte con unos amigos de la Facultad.
Esa noche se sentaron en un acantilado, observaron el mar por largo rato, y sin mediar palabra alguna, se dieron un beso.
-¿Amabas a esa chica? -Preguntó ella de pronto.
-Si, la amaba, pero no siempre se tiene lo que se quiere -respondió él.
-Le debió haber encantado saber que era tu musa.
-No lo sé, ella no se interesaba mucho en lo que yo escribía.
Fue la mejor de las noches.
***
5.
Estuvieron saliendo durante algunos meses. Todo ese tiempo se dedicaron simplemente a estar juntos: La fría brisa, las calles oscuras, las calles vacías, el silencio, los faroles viejos, los balcones de madera, la garúa que humedece los hombros y cae sobre las pestañas haciendo ver todo como a través de un tul. Tomarse de la mano, caminar lento, muy lento, casi sin decir nada, agotar el cuerpo, disfrutar la compañía de quien se tiene al lado, ahora abrazados, mirándose de reojo, un beso imprevisto, caminar sin rumbo, ella recogiendo hojas caídas de los árboles, descubriendo en ellas formas extrañas, él intentando mirar el mundo con los ojos de Sofía; reír dulcemente, la garúa, el cielo sin estrellas, tan solo los faroles simulando serlas, un café, conversar, conversar, conversar y Sofía, caminar, caminar, caminar.
***
6.
A medida que pasaba el tiempo, los relatos de Adrián fueron acabando, uno a uno, en manos de Sofía, y ella admiraba en Adrián, mas allá de los relatos, el haber encontrado a un hombre que era capaz de seguir creyendo en la utopía de ser escritor.
Adrián solía liberarse, ante Sofía, de toda aura mundana y prosaica que poseía, Sofía era una mujer mágica, que vivía en un mundo de ensueños, donde las preocupaciones por el dinero, o las labores cotidianas no tenían valor alguno, apreciaba más bien, lo sutil y hermoso que podía encontrar en cualquier lado, las vidas y sus ocurrencias maravillosas y conmovedoras. Adrián se veía forzado entonces, a sacar a relucir su lado pasional y contemplativo, admiraba la vida, pero a diferencia de Sofía, intentaba llevar una vida como el común de la gente, estaba sumergido en el mundo en donde el trabajo y el salario son cuestiones fundamentales. Ella en cambio vivía fascinada por ese universo extraño que le rodeaba y al que no pertenecía.
Sin embargo el transcurrir de los días acrecentaba el temor de Adrián al sentir que su relación con Sofía se hacía más estrecha, sentía que el espacio que había tratado de preservar para él y su novia se hacía cada vez más pequeño, incluso el tiempo que le dedicaba a Natalia era cada vez menor; Sofía lo inundaba todo. Entonces ya los últimos encuentros con la escultora se habían vuelto complicados a pesar de lo grata de su compañía, el caminar por las calles era un acto de audacia indescriptible, temía ser descubierto en alguna situación comprometedora.
Una noche cualquiera, Adrián sintió la necesidad de escribir nuevamente, no había tenido tiempo para pensar en el argumento de su nuevo relato, pero en su cabeza retumbaba aquella promesa que se había hecho de no escribir hasta “inventar” un nuevo argumento. Sin embargo su necesidad era más fuerte, y Sofía era el motivo; se propuso entonces utilizar otro recurso, someter a su relato a un lenguaje nuevo para él, intentó describir a Sofía como una metáfora. Escribió entonces un relato que giraba en torno a la mirada de Sofía, “Mirada de Rifle” lo tituló. Una vez terminado, leyó el texto prestándole la mayor atención posible y si bien no estuvo satisfecho con el resultado pues había vuelto a escribir sobre su vida, lo había hecho con nuevos recursos, la forma de contarlo le había gustado. La noche avanzaba lentamente, Adrián lanzó un enorme bostezo, apagó su computador y se fue a dormir.
Acostado en su cama recordó las conclusiones a las que había llegado hace poco tiempo: Estaba convencido que su vida no tendría jamás las condiciones como para ser descritas por su valor y su complejidad o como una asombrosa cadena de acontecimientos, creyó entonces sentir que su única salida era definitivamente la ficción, debía seguir escribiendo pero intentando crear, crear más allá de su vida y de su cada vez más creciente amor por Sofía.
***
7.
En la última mesa de un concurrido restaurante se sentó sin apuro, como siempre lo había hecho, de espaldas al resto de la gente para no mirar el mundo que transcurría a su alrededor.
Del bolsillo de su abrigo sacó, envuelto en una bolsa, la escultura que Sofía le había regalado esa noche. Era una figura extraña tallada en madera, “para Adrián”, decía en el extremo inferior con letra firme y bien tallada. Con suma paciencia tomó la pieza de madera y la puso sobre la mesa. Tenía la forma de un cono invertido. Era sorprendente ver como podía, aquel regalo, mantenerse en pie sobre una base tan delgada, toda su superficie estaba adornada con líneas talladas a bajo relieve a manera de surcos sinuosos y profundos que se originaban en la base de la escultura y se desplegaban a lo largo de ésta hasta llegar a la parte superior que era mucho más ancha.
-Somos nosotros -le había dicho Sofía cuando Adrián, sorprendido por el regalo, había preguntado qué era lo que representaba.
“Somos nosotros”, se repetía él, y de pronto empezaba a entenderlo todo. Tal vez ni ella conocía realmente cuan bien contenida estaba en aquella pieza, la relación que tenía con la escultora.
Una sonora carcajada, tan aguda como forzada, lo sacó por un instante de sus cavilaciones. En una mesa contigua, una pareja se tomaba de la mano y reía plácidamente, el varón entornaba las cejas con obstinada elocuencia mientras le decía algo a la mujer que el ruido de la muchedumbre no dejaba escuchar, la muchacha por su parte, besaba con desenfado la mano del tipo y uno de sus pies se balanceaba cadentemente al ritmo de una canción.
Adrián recordó entonces la primera vez que vio a Sofía en el parque cuando ella balanceaba el pié plácidamente.
“Somos nosotros”. Si Sofía, esta escultura somos nosotros -se dijo acongojado. Aquella noche silente en el enorme parque había sido el inicio:
-Yo vivo con mis padres, mi padre está muy enfermo, sufre de asma, por eso vivimos en Chosica, la humedad de Lima lo mataría –le había dicho Adrián en ese primer y fortuito encuentro.
Aquella mentira había sido suficiente para alejar a Sofía del mundo que él tenía reservado para su novia. Esa mentira le había permitido a Adrián concertar encuentros lejos de su apartamento, y también le permitía encontrarse con Sofía solo unas cuantas horas por las noches, de manera que su relación con Natalia, su novia, no fuese alterada ni afectada.
Y de ahí en adelante, todo cuanto Adrián le había contado a Sofía sobre su vida habían sido sólo mentiras, todas construidas y apoyadas sobre aquella delgada y endeble mentira, casi como el cono invertido que tenía frente a él, que si bien podía mantenerse en aparente y firme equilibrio, a la menor intervención externa podía venirse abajo. Y eso temía Adrián terriblemente.
-La realidad está allí donde más nos quieren -le había dicho una noche su novia mientras le acariciaba.
Y recién ahora él intentaba otorgarle alguna validez a aquellas palabras, ¿es que acaso cabía la posibilidad, como decía un cuento de Mc Kenna, de que la realidad fuese tan sólo un idealismo colectivo, y ya que él era un ser solitario, su realidad estaba regida únicamente por su propia elección?, si era así, la realidad podría ser para él algo así como aquella escultura apoyada en una delgada mentira, tan vulnerable a todo, tan vulnerable al mundo, tan etéreo como el humo que salía de su boca, podrían ser las noches en las que un escribiente y una escultora intentaban encontrar las primeras respuestas a las cuestiones “últimas”, los porros de marihuana que hacían olvidar el tiempo, las tardes abandonando el hastío del trabajo para pensar en qué nuevas historias escribir mientras el dinero se diluía en los bolsillos, hacer a un lado el trabajo pues en aquel mundo nuevo las prioridades eran menos triviales, la realidad sería entonces la música, los cuadros, las esculturas, el empeño a veces inútil de escribir cada vez con mayor convicción, la realidad era entonces su vida con Sofía, esa vida que duraba desde seis de la tarde hasta antes de la media noche en que la despedía para regresar a casa; por el contrario, podía decir que era pura ficción la contenida en los antiguos escritos que Adrián elaboró con un único y monótono argumento, ficción era su novia y su mirada enamorada contenida en el primer relato que Adrián había entregado a Sofía, ficción su inminente boda, e igual de irreal era aquel tipo enfundado en saco y pantalón que pasaba diez horas frente a un escritorio atendiendo solicitudes de crédito intentando reunir el dinero necesario para poder casarse. Ser un hombre solitario le otorgaba entonces la oportunidad de construir su propia realidad, era solo cuestión de elegir.
Cuando salió del restaurante la calle estaba infestada de automóviles con las puertas abiertas desde donde brotaban canciones que animaban a los jóvenes a tomar cerveza; Adrián se sorprendió de ver todo ese mundo extraño y ajeno; un ligero temor le recorrió el cuerpo, apuró el paso hasta llegar a una gran avenida y tomó un taxi rumbo a su apartamento.
Un par de cuadras antes de llegar a su casa el automóvil se detuvo. Frente a Adrián un pequeño parque se mostraba en silencio.
Natalia llegaba al departamento de Adrián.
Encendió un cigarro. Mientras se internaba en la grava menuda y húmeda su mano sujetaba con fuerza el regalo de Sofía. Adrián se sentó pesadamente en una banca por varios minutos; tenía la mirada perdida.
Se levantó y avanzó un par de pasos hasta unos geranios que brotaban desordenadamente, a duras penas cavó un pequeño hoyo con sus manos en el que introdujo la escultura. Hubiera deseado conservarla, pero, era demasiado arriesgado.
Aburrida, Natalia se puso a hurgar en la computadora de Adrián.
Una vez cubierto el agujero intentó sacudirse la tierra impregnada en sus rodillas, se acomodó el cabello y enrumbó a su casa.
Al ingresar encontró a su novia sentada frente a la computadora; desde la cocina una tetera que hervía buen rato lanzaba un silbido ensordecedor.
Adrián sintió que algo malo sucedía; apenas logró decirle “hola” y enrumbo a la cocina para apagar el fuego.
-¿Quién es esa mujer? -preguntó ella con tono desafiante. Adrián se quedó paralizado en el umbral de la cocina.
-¿De qué hablas? -preguntó fingiendo desconcierto
Ella había leído el relato de Adrián.
Adrián abandonó su intención de apagar la cocina y se acercó a Natalia. Mientras se acercaba lograba ver más claramente lo que ella había leído en la computadora: “Mirada de rifle” decía el título del relato que se mostraba en la computadora.
Desconcertado dibujó una magra sonrisa.
-Es solo un relato que dejé a medio escribir amor -le decía mientras intentaba acariciarle el cabello.
Ella apartó las manos de Adrián con furia y se levantó del asiento.
-¡Dime quien es esa mujer! -insistió.
-¡No es nadie! -dijo Adrián como único argumento, luego, intentando explicarse mejor agregó:
- ¡Es un invento! Tan solo la descripción de una mirada ¡por dios! -decía Adrián abandonando el melindroso acento inicial; pero ella ya no le prestaba atención a sus palabras mientras el zumbido de la tetera se hacía insoportable.
Él comprendió que en todo ese tiempo había intentado ocultar a Sofía de varias maneras, primero, bajo metáforas y simbolismos en ese pequeño relato que ahora provocaba la ira de su novia, luego, de forma más concreta y evidente, la había escondido a un par de cuadras de allí, en medio del pequeño parque y junto a unos geranios que crecían desordenadamente. Mientras esas ideas recorrían la mente de Adrián, sus labios esbozaban diversas e inconexas explicaciones para convencerla de que no había otra mujer en su vida.
Al fin, ella recogió su cartera que descansaba pacientemente en una silla desvencijada junto a la computadora, y una vez en el umbral que conducía a la calle se dio vuelta y le dijo:
-Bueno, si no quieres decirme la verdad no importa, no es necesario, se nota que estas enamorado de otra mujer, te conozco muy bien Adrián, tú eres incapaz de inventar algo, tu solo escribes sobre tu propia vida, ¡te odio!
El portazo que siguió a aquellas palabras dio contundencia a todo lo que su novia había dicho, su cuerpo se dejó caer en una silla junto al computador. Frente a sus ojos, su último relato brillaba contra su rostro, la tetera seguía su chillido pero a Adrián ya nada de lo que sucedía a su alrededor le importaba, todo parecía perder el contorno de sus formas y una terrible confusión se instalaba en su mente.
Aquel departamento ahora no significaban nada, su mirada recorrió los muebles a su alrededor, todo aquello lo había obtenido para su novia, para regalarle una vida tranquila junto a él, sin embargo, todo ese paisaje extraño en el que estaba sumergido le parecía falso, todo a su alrededor perdía el peso de la propia existencia, solo le quedaban sus relatos guardados en la computadora, y tuvo la repentina impresión de existir sólo en aquellos relatos, de ser él mismo un personaje creado en los desvelos de un ignoto escribiente; ser una pequeña ficción.
Él se correspondía a una realidad que hasta antes de conocer a Sofía la tenía como verdad absoluta, y de pronto todo perdía el valor justo de las cosas.
Las verdades necesitan una comprobación, la ficción tan solo necesita de una justificación –se dijo.
Finalmente escribiría ficción.
Con emoción desbordada tomó el teclado, estaba dispuesto a escribir sin restricciones, y antes de empezar la primera línea, una idea terminó de darle forma, al fin, a su siguiente relato: “Adrián estaba, irremediablemente, condenado a escribir; y sin embargo, no podía hacerlo”, pensó.
Y luego, empezó a escribir:
“Era casi la media noche, un par de inútiles horas frente al computador en el que no había sido capaz de escribir más de dos líneas lo arrojaron sin contemplaciones a la calle...”
***
de estar despierto cuando,
en alguna ocasión, un tejido de conceptos
es desgarrado de repente por el arte
y llega a creer que sueña.
1.
Adrián estaba, irremediablemente, condenado a escribir; y sin embargo, no podía hacerlo.
Era casi la media noche, un par de inútiles horas frente al computador en el que no había sido capaz de escribir más de dos líneas lo arrojaron sin contemplaciones a la calle. Parecía una noche cualquiera, de esas en las que no queda mas remedio que dormir y sin embargo nos negamos a hacerlo. Como siempre en estos casos siguió el rito de agotar su cuerpo y despejar su mente; salió de su apartamento y tomó un autobús cualquiera que lo llevara hasta encontrar un lugar tranquilo por donde pudiese caminar. Una vez fuera del autobús se internó por pequeñas calles rodeadas de chalet’s de dos pisos y jardines bien cuidados. Encendió un cigarro.
El humo raspando su garganta. El humo saliendo por su nariz.
El humo mezclándose con su aliento tibio se filtraba en la noche y pasaba a ser parte de la ligera neblina.
Hacía frío pero pronto llegaría el verano.
Era ya casi un mes en el que Adrián no escribía. En otros tiempos el problema se habría resuelto fácilmente hurgando en sus recuerdos más cercanos. Sus manos habrían danzado con gracia sobre el teclado, y en un par de hojas de correcta prosa habría plasmado algo de su inmediato pasado, y muy entrada la noche, su cuerpo agotado regresaría a su habitación a dormir tranquilamente sintiendo que un par de hojas justificaban su desvelo y su ego de sentirse escritor sin serlo ni pretenderlo demasiado. Pero esta vez era distinto; sus vivencias barnizadas en una correcta prosa no eran ya suficientes, escribir su magra biografía a retazos le parecía patético y deprimente. ¿Es que acaso él era capaz de escribir sólo sobre su propia vida?, Adrián no estaba de acuerdo con ese tipo de condena.
-¿Has leído la biografía de Gabo? Con una vida así, García Márquez tenía necesariamente que escribir “Cien años de soledad” ¡pues! -le había dicho alguna vez un amigo arrancando de Adrián una sonrisa complaciente y una reflexión sincera: Sólo quienes hayan vivido una vida tan vasta y sorprendente como Gabo tenían suficiente sustento para crear obras monumentales basadas en sus propias experiencias.
Pero entonces, ¿qué pasaba con aquellos tipos como Adrián, que llevaban vidas normales y soporíferas?
A aquellos sólo les queda la ficción –se decía- y deben ser capaces de elaborar con maestría la enredada filigrana de una trama insólita y compleja, llena de personajes bien logrados a fuerza de imaginación e inventiva.
Pero no era tan fácil, Adrián no sabía como conducirse por aquellos caminos: “Inventar” personajes, circunstancias, argumentos; en fin, todo lo que Adrián consideraba ficción le estaba vedado, había decidido entonces no volver a escribir hasta conseguir un argumento distinto al de su pasado inmediato.
Su mano derecha revoloteaba compulsivamente las monedas que llevaba en el bolsillo, y su mirada se perdía entre los techos de los chalet’s en donde algunas ropas tendidas se estremecían en silencio.
Aquellas calles vacías le infringían algo de temor, pero lo sabía sobrellevar. Bajo sus pies la calzada parecía deslizarse suavemente hasta morir en medio de un enorme parque. Mientras se internaba, una imagen borrosa dejaba de serlo. Era una mujer sentada en una de las bancas, estaba agachada y leía un grueso libro; sus cabellos cubrían su rostro a manera de inesperadas persianas y uno de sus pies se balanceaba como llevando el ritmo de una canción.
El cadente crujir de los grillos en la noche, una mujer sola en una de las bancas y el extenso parque, conformaban una imagen conmovedora que le pareció haberla visto antes, tal vez en un sueño.
No. Adrián no soñaba nunca.
Él quiso formar parte de aquella imagen memorable y sin mas se sentó en una de las bancas frente a la muchacha. Un viento frío parecía juguetear con el cabello de la mujer, mientras que ella, penosamente, se sujetaba los mechones que no la dejaban leer.
Se llamaba Sofía, según supo después.
De pronto la muchacha levantó la vista como buscando algo que se le había perdido, recorrió todo el parque con su mirada hasta que vio a Adrián. Tan sólo por un instante pareció invadida por la duda; pero luego se levantó y con paso seguro llegó hasta donde él estaba sentado.
-¿Disculpa, tienes un lapicero que me prestes?- le preguntó.
Adrián había pasado abruptamente de la contemplación sincera a la sorpresa absoluta por la repentina forma en que la muchacha lo abordaba sin temores y no supo qué responder, mientras que, mecánicamente, sus manos trataban de ganar tiempo recorriendo cada bolsillo de su pantalón y su casaca intentando encontrar el delgado objeto solicitado. Luego, una de sus manos entregaba el lapicero a la muchacha mientras la voz de Adrián apenas alcanzaba a decir:
-Creo que si tengo uno.
-Si, creo que sí tienes uno- le contestaba la muchacha al tomar el lapicero y luego le lanzaba una sonrisa que lo hizo avergonzar.
Él bajó la mirada contrariado, ella tomó una hoja que tenía en medio del grueso libro y empezó a escribir algo que él hubiese querido leer.
Alguna cita que merecía ser recordada.
-¿Que libro es? -Le preguntó.
-Rayuela, de Cortázar -Le dijo ella sin despegar la vista del papel, dando a entender que lo que escribía era de suma importancia.
-¿Así?, Rayuela es un libro genial, Cortazar es un maldito loco, yo jamás podría escribir un libro así.- Dijo Adrián con tono grandilocuente.
Ella lo miró de frente, como si de pronto aquella respuesta mereciera mayor atención.
-¿Acaso te gusta escribir?- Preguntó ella dejando de lado aquello que solo unos segundos antes parecía impostergable.
-Al menos lo intento, en la medida en que mi tiempo me lo permite- dijo él.
Esa frase había sido siempre un buen comienzo, ya otras veces, ese tema le había permitido cosechar miradas de admiración y alguna amistad sincera.
Ella se sentó a su lado, no dijo una palabra más, no hubo preguntas, tan sólo su mirada que estaba ahora clavada en el entrecejo de Adrián.
Como un rifle apuntando a su cabeza.
Y aún con algo de recelo, él empezó a hablarle a la muchacha.
-Lo que pasa es que por alguna razón no puedo dejar de escribir, tengo la necesidad de hacerlo, nunca he tratado de buscarle una respuesta a esa necesidad, no la necesito tampoco, solo que por estos días, no tengo qué escribir, y la necesidad me agobia. La muchacha no le despegaba la mirada.
Antes, Adrián detestaba que lo miren fijamente.
Adrián se quedó en silencio, temía haber dicho demasiado sobre un tema que a ella le podía parecer ridículo. Necesitaba una señal.
-Sabes, yo también escribo, aunque no continuamente, pero no me atormentaría dejar de hacerlo. Soy escultora, y bueno, creo que también podría dejar de esculpir, en todo caso, si lo dejara, buscaría otro medio para expresarme, tal vez fotografiando, o pintando, no se.
Avanzaba la noche al igual que el frío, Adrián encendió un cigarro, le invitó otro a la muchacha, subió la cremallera de su casaca hasta donde pudo, se apoyó pesadamente en el espaldar del asiento intentando ponerse cómodo, le pareció que aquella noche sería bastante larga. Respiró profundo tratando de tomar valor y dijo:
-Me llamo Adrián.
-Yo Sofía...
***
2.
Adrián le había prometido a Sofía mostrarle algunos de sus relatos. Tenía varias hojas guardadas en el cajón de su escritorio, pero todos eran demasiado personales, y lo que era peor, todos mencionaban recurrentemente a su novia. La noche anterior a su cita con la escultora estuvo revisando cada uno de sus textos intentando encontrar alguno que pudiese entregarle sin dejar la sensación de ser una autobiografía.
-Mierda, soy patético -pensó.
No le podría entregar ninguno; fácilmente la muchacha deduciría de sus relatos que Adrián tenía novia, y que la amaba. Agotado y preocupado intentó dormir. La noche estaba tranquila pero un ligero zumbido parecía aturdirlo, sintió su saliva espesa. Se durmió.
Al despertar se percató de lo avanzada de la hora. A tientas hurgó en los cajones de su escritorio y tomó algunas de las hojas que había revisado la noche anterior. Se fue.
Se alistó, tomó desayuno y se fue a trabajar.
Por la tarde habló con su novia para decirle que no podría ir a verla esa noche.
-Tengo mucho trabajo amor, te llamo para darte las buenas noches- le dijo con impostado afecto.
Liberado de la novia, Adrián sólo tenía en su mente a Sofía, debía elegir el texto que le entregaría así que dejó a un lado su trabajo y revisó los textos que había sacado de su escritorio aquélla mañana:
“Carta de amor”.
“Adrián y Natalia en la cama”.
“El rostro de Naty”.
“El viaje de Adrián”.
“Las heridas de Adrián”.
Al fin se decidió por un relato con cierta rigurosidad formal y en el que describía el rostro de Natalia, su novia. Si bien era bastante delator, era quizá el que estaba mejor escrito, y por tanto capaz de impresionarla.
Por la noche se encontró con Sofía en un café cercano a un concurrido parque; a Adrián le pareció mucho más guapa que la primera vez.
Zapatillas rojas, jean azul muy ceñido, blusa blanca, un chaleco negro para darle el toque informal, el cabello revuelto hasta casi taparle sus enormes ojos negros y un sombrero cordobés muy coqueto.
Se saludaron tímidamente y se sentaron uno frente al otro de manera que Adrián podía observar en toda su amplitud aquel rostro sereno y joven que poseía Sofía; tras unos minutos de silencio colmado de impaciente espera, una mesera de mirada traviesa hacía posar un par de cafés en la mesa circular en la que se extinguía el fuego de la colilla de un cigarrillo.
A ella le encantaba el “Magdalena”.
Después del café pidieron una botella de vino. Luego del tercer vaso, Sofía tenía las mejillas sonrosadas y Adrián era invadido por los mareos mientras que las vergüenzas lo abandonaban.
-Toma, es algo que escribí, no es gran cosa -le dijo con falsa modestia al entregar a Sofía su pequeña obra. Luego añadió- Lo escribí hace mucho tiempo.
La frase agregada a destiempo intentaba hacerle creer a Sofía que aquella mujer que se describía en el relato pertenecía al pasado de Adrián.
-Bien, lo leeré luego- contestó ella con gesto amable.
Las palabras se deslizaban fácilmente, él no se caracterizaba por ser locuaz, pero Sofía tenía una mirada especial, una mirada que parecía una enorme pregunta que requería de una respuesta lo más extensa posible. Adrián tenía la sensación de que Sofía tenía en los ojos un rifle que apuntaba directo a su frente.
Muy entrada la noche salieron del café, Adrián tenía los ánimos exacerbados por la tertulia en la que había descubierto frente a él a una mujer de juicio mordaz y cuestionador, pero a la vez había encontrado en ella la ingenuidad conmovedora de quien no deja de soñar.
Adrián le daría un beso.
Caminaron lentamente por un boulevard rodeado de viejos ficus, Sofía parecía no querer irse; Adrián tampoco. Al despedirse, ella le acercó su rostro tímidamente, y él le entregó un dulce beso en su mejilla. Sofía sólo atinó a cerrar sus ojos tiernamente.
-Me gustó verte, prometo mostrarte algunas fotos de mis esculturas -Le dijo ella.
-Excelente, tal vez te muestre algo más de lo que tengo escrito -dijo Adrián casi gritándole mientras Sofía daba pequeños saltitos apresurados intentando subir al autobús.
Adrián no podía ocultar la emoción que sentía, la posibilidad de que Sofía se enamore de él era más que latente, era solo cuestión de tiempo, mas una terrible angustia lo asaltó de inmediato:
-¿Cuál será el siguiente relato que le entregaré si todo lo que escribo es mi vida con Natalia?
***
3.
La noche siguiente, Natalia tomó por asalto la cocina del apartamento de Adrián. Fue una velada de aquellas a las que lo tenía acostumbrado. Un par de chuletas se doraban crujiendo suavemente en la sartén. Después de la cena, ella recogió los enseres del comedor y se fue a la cocina a lavarlos; un colorido delantal protegía sus grandes pechos del agua que le salpicaba por momentos desde el lavadero, Adrián algo agobiado por su trabajo se dirigió al computador, ubicado en un rincón de su sala.
Desde aquel rincón del living contemplaba a Natalia.
Se veía realmente hermosa.
-¿Que más puedo pedir? –Se preguntaba– si frente a mí tengo a una mujer que me ama tanto.
De pronto, ella se liberó del delantal. Con pasos certeros se dirigió al living y a cada paso se iba desabotonando la blusa con rapidez como si la prenda le estuviese quemando. Cuando la tuvo cerca, Adrián la tomó entre sus manos, tenía el par de enormes pechos justo frente a sus ojos.
-Te amo- le dijo ella estrechándolo.
-Yo también -le contestó Adrián– yo también.
¿La amaba? Si, si la amaba.
La besó como solía hacerlo, de la única forma en la que se deberían besar los pechos de una mujer: delicadamente, tiernamente.
Adrián se fue sumergiendo lentamente en la penumbra de sus ojos entrecerrados al tiempo que sus manos extendidas recorrían cada pedazo de piel del turgente cuerpo de Natalia que se descubría a medida que sus ropas caían como quien deshoja una flor.
O como quien desnuda a una mujer.
Y sin embargo, su mente no podía olvidar a Sofía.
-Una escultora, eso no se encuentra así nomás -se decía- hay que tener suerte para que una artista se fije en un humano cualquiera como yo.
Un ligero orgullo lo invadía mientras el orgasmo lo aturdía violentamente.
-Dos mujeres que me quieren -pensó.
Las dos eran tan distintas. Su novia: Enormes ojos pardos y mirada inocente, la piel tan rosada como una recién nacida, una mujer enamorada hasta llegar casi a la devoción y el fanatismo, y además, cubierta en la voluptuosidad de una gata en celo. Sofía: Piel cetrina, rostro redondo; sus mejillas doradas por el vino, envuelta en su cabello desordenado, tan sorprendente y especial, tan ensimismada en mirar el mundo desde sus ojos de rifle y tan llena de preguntas.
Solo tenían algo en común, eran las dos únicas personas que habían leído lo que Adrián escribía.
****
4.
-Me gustó lo que escribiste- Dijo Sofía refiriéndose al relato que Adrián le había entregado la otra noche en el café.
-¿Quién es la mujer del relato?.
-Ya te lo dije, una enamorada que tuve hace tiempo- Respondió Adrián con descaro.
-Ah, ya recuerdo -Contestó ella- mira, te traje unas fotos de la exposición que hicimos en el museo de arte con unos amigos de la Facultad.
Esa noche se sentaron en un acantilado, observaron el mar por largo rato, y sin mediar palabra alguna, se dieron un beso.
-¿Amabas a esa chica? -Preguntó ella de pronto.
-Si, la amaba, pero no siempre se tiene lo que se quiere -respondió él.
-Le debió haber encantado saber que era tu musa.
-No lo sé, ella no se interesaba mucho en lo que yo escribía.
Fue la mejor de las noches.
***
5.
Estuvieron saliendo durante algunos meses. Todo ese tiempo se dedicaron simplemente a estar juntos: La fría brisa, las calles oscuras, las calles vacías, el silencio, los faroles viejos, los balcones de madera, la garúa que humedece los hombros y cae sobre las pestañas haciendo ver todo como a través de un tul. Tomarse de la mano, caminar lento, muy lento, casi sin decir nada, agotar el cuerpo, disfrutar la compañía de quien se tiene al lado, ahora abrazados, mirándose de reojo, un beso imprevisto, caminar sin rumbo, ella recogiendo hojas caídas de los árboles, descubriendo en ellas formas extrañas, él intentando mirar el mundo con los ojos de Sofía; reír dulcemente, la garúa, el cielo sin estrellas, tan solo los faroles simulando serlas, un café, conversar, conversar, conversar y Sofía, caminar, caminar, caminar.
***
6.
A medida que pasaba el tiempo, los relatos de Adrián fueron acabando, uno a uno, en manos de Sofía, y ella admiraba en Adrián, mas allá de los relatos, el haber encontrado a un hombre que era capaz de seguir creyendo en la utopía de ser escritor.
Adrián solía liberarse, ante Sofía, de toda aura mundana y prosaica que poseía, Sofía era una mujer mágica, que vivía en un mundo de ensueños, donde las preocupaciones por el dinero, o las labores cotidianas no tenían valor alguno, apreciaba más bien, lo sutil y hermoso que podía encontrar en cualquier lado, las vidas y sus ocurrencias maravillosas y conmovedoras. Adrián se veía forzado entonces, a sacar a relucir su lado pasional y contemplativo, admiraba la vida, pero a diferencia de Sofía, intentaba llevar una vida como el común de la gente, estaba sumergido en el mundo en donde el trabajo y el salario son cuestiones fundamentales. Ella en cambio vivía fascinada por ese universo extraño que le rodeaba y al que no pertenecía.
Sin embargo el transcurrir de los días acrecentaba el temor de Adrián al sentir que su relación con Sofía se hacía más estrecha, sentía que el espacio que había tratado de preservar para él y su novia se hacía cada vez más pequeño, incluso el tiempo que le dedicaba a Natalia era cada vez menor; Sofía lo inundaba todo. Entonces ya los últimos encuentros con la escultora se habían vuelto complicados a pesar de lo grata de su compañía, el caminar por las calles era un acto de audacia indescriptible, temía ser descubierto en alguna situación comprometedora.
Una noche cualquiera, Adrián sintió la necesidad de escribir nuevamente, no había tenido tiempo para pensar en el argumento de su nuevo relato, pero en su cabeza retumbaba aquella promesa que se había hecho de no escribir hasta “inventar” un nuevo argumento. Sin embargo su necesidad era más fuerte, y Sofía era el motivo; se propuso entonces utilizar otro recurso, someter a su relato a un lenguaje nuevo para él, intentó describir a Sofía como una metáfora. Escribió entonces un relato que giraba en torno a la mirada de Sofía, “Mirada de Rifle” lo tituló. Una vez terminado, leyó el texto prestándole la mayor atención posible y si bien no estuvo satisfecho con el resultado pues había vuelto a escribir sobre su vida, lo había hecho con nuevos recursos, la forma de contarlo le había gustado. La noche avanzaba lentamente, Adrián lanzó un enorme bostezo, apagó su computador y se fue a dormir.
Acostado en su cama recordó las conclusiones a las que había llegado hace poco tiempo: Estaba convencido que su vida no tendría jamás las condiciones como para ser descritas por su valor y su complejidad o como una asombrosa cadena de acontecimientos, creyó entonces sentir que su única salida era definitivamente la ficción, debía seguir escribiendo pero intentando crear, crear más allá de su vida y de su cada vez más creciente amor por Sofía.
***
7.
En la última mesa de un concurrido restaurante se sentó sin apuro, como siempre lo había hecho, de espaldas al resto de la gente para no mirar el mundo que transcurría a su alrededor.
Del bolsillo de su abrigo sacó, envuelto en una bolsa, la escultura que Sofía le había regalado esa noche. Era una figura extraña tallada en madera, “para Adrián”, decía en el extremo inferior con letra firme y bien tallada. Con suma paciencia tomó la pieza de madera y la puso sobre la mesa. Tenía la forma de un cono invertido. Era sorprendente ver como podía, aquel regalo, mantenerse en pie sobre una base tan delgada, toda su superficie estaba adornada con líneas talladas a bajo relieve a manera de surcos sinuosos y profundos que se originaban en la base de la escultura y se desplegaban a lo largo de ésta hasta llegar a la parte superior que era mucho más ancha.
-Somos nosotros -le había dicho Sofía cuando Adrián, sorprendido por el regalo, había preguntado qué era lo que representaba.
“Somos nosotros”, se repetía él, y de pronto empezaba a entenderlo todo. Tal vez ni ella conocía realmente cuan bien contenida estaba en aquella pieza, la relación que tenía con la escultora.
Una sonora carcajada, tan aguda como forzada, lo sacó por un instante de sus cavilaciones. En una mesa contigua, una pareja se tomaba de la mano y reía plácidamente, el varón entornaba las cejas con obstinada elocuencia mientras le decía algo a la mujer que el ruido de la muchedumbre no dejaba escuchar, la muchacha por su parte, besaba con desenfado la mano del tipo y uno de sus pies se balanceaba cadentemente al ritmo de una canción.
Adrián recordó entonces la primera vez que vio a Sofía en el parque cuando ella balanceaba el pié plácidamente.
“Somos nosotros”. Si Sofía, esta escultura somos nosotros -se dijo acongojado. Aquella noche silente en el enorme parque había sido el inicio:
-Yo vivo con mis padres, mi padre está muy enfermo, sufre de asma, por eso vivimos en Chosica, la humedad de Lima lo mataría –le había dicho Adrián en ese primer y fortuito encuentro.
Aquella mentira había sido suficiente para alejar a Sofía del mundo que él tenía reservado para su novia. Esa mentira le había permitido a Adrián concertar encuentros lejos de su apartamento, y también le permitía encontrarse con Sofía solo unas cuantas horas por las noches, de manera que su relación con Natalia, su novia, no fuese alterada ni afectada.
Y de ahí en adelante, todo cuanto Adrián le había contado a Sofía sobre su vida habían sido sólo mentiras, todas construidas y apoyadas sobre aquella delgada y endeble mentira, casi como el cono invertido que tenía frente a él, que si bien podía mantenerse en aparente y firme equilibrio, a la menor intervención externa podía venirse abajo. Y eso temía Adrián terriblemente.
-La realidad está allí donde más nos quieren -le había dicho una noche su novia mientras le acariciaba.
Y recién ahora él intentaba otorgarle alguna validez a aquellas palabras, ¿es que acaso cabía la posibilidad, como decía un cuento de Mc Kenna, de que la realidad fuese tan sólo un idealismo colectivo, y ya que él era un ser solitario, su realidad estaba regida únicamente por su propia elección?, si era así, la realidad podría ser para él algo así como aquella escultura apoyada en una delgada mentira, tan vulnerable a todo, tan vulnerable al mundo, tan etéreo como el humo que salía de su boca, podrían ser las noches en las que un escribiente y una escultora intentaban encontrar las primeras respuestas a las cuestiones “últimas”, los porros de marihuana que hacían olvidar el tiempo, las tardes abandonando el hastío del trabajo para pensar en qué nuevas historias escribir mientras el dinero se diluía en los bolsillos, hacer a un lado el trabajo pues en aquel mundo nuevo las prioridades eran menos triviales, la realidad sería entonces la música, los cuadros, las esculturas, el empeño a veces inútil de escribir cada vez con mayor convicción, la realidad era entonces su vida con Sofía, esa vida que duraba desde seis de la tarde hasta antes de la media noche en que la despedía para regresar a casa; por el contrario, podía decir que era pura ficción la contenida en los antiguos escritos que Adrián elaboró con un único y monótono argumento, ficción era su novia y su mirada enamorada contenida en el primer relato que Adrián había entregado a Sofía, ficción su inminente boda, e igual de irreal era aquel tipo enfundado en saco y pantalón que pasaba diez horas frente a un escritorio atendiendo solicitudes de crédito intentando reunir el dinero necesario para poder casarse. Ser un hombre solitario le otorgaba entonces la oportunidad de construir su propia realidad, era solo cuestión de elegir.
Cuando salió del restaurante la calle estaba infestada de automóviles con las puertas abiertas desde donde brotaban canciones que animaban a los jóvenes a tomar cerveza; Adrián se sorprendió de ver todo ese mundo extraño y ajeno; un ligero temor le recorrió el cuerpo, apuró el paso hasta llegar a una gran avenida y tomó un taxi rumbo a su apartamento.
Un par de cuadras antes de llegar a su casa el automóvil se detuvo. Frente a Adrián un pequeño parque se mostraba en silencio.
Natalia llegaba al departamento de Adrián.
Encendió un cigarro. Mientras se internaba en la grava menuda y húmeda su mano sujetaba con fuerza el regalo de Sofía. Adrián se sentó pesadamente en una banca por varios minutos; tenía la mirada perdida.
Se levantó y avanzó un par de pasos hasta unos geranios que brotaban desordenadamente, a duras penas cavó un pequeño hoyo con sus manos en el que introdujo la escultura. Hubiera deseado conservarla, pero, era demasiado arriesgado.
Aburrida, Natalia se puso a hurgar en la computadora de Adrián.
Una vez cubierto el agujero intentó sacudirse la tierra impregnada en sus rodillas, se acomodó el cabello y enrumbó a su casa.
Al ingresar encontró a su novia sentada frente a la computadora; desde la cocina una tetera que hervía buen rato lanzaba un silbido ensordecedor.
Adrián sintió que algo malo sucedía; apenas logró decirle “hola” y enrumbo a la cocina para apagar el fuego.
-¿Quién es esa mujer? -preguntó ella con tono desafiante. Adrián se quedó paralizado en el umbral de la cocina.
-¿De qué hablas? -preguntó fingiendo desconcierto
Ella había leído el relato de Adrián.
Adrián abandonó su intención de apagar la cocina y se acercó a Natalia. Mientras se acercaba lograba ver más claramente lo que ella había leído en la computadora: “Mirada de rifle” decía el título del relato que se mostraba en la computadora.
Desconcertado dibujó una magra sonrisa.
-Es solo un relato que dejé a medio escribir amor -le decía mientras intentaba acariciarle el cabello.
Ella apartó las manos de Adrián con furia y se levantó del asiento.
-¡Dime quien es esa mujer! -insistió.
-¡No es nadie! -dijo Adrián como único argumento, luego, intentando explicarse mejor agregó:
- ¡Es un invento! Tan solo la descripción de una mirada ¡por dios! -decía Adrián abandonando el melindroso acento inicial; pero ella ya no le prestaba atención a sus palabras mientras el zumbido de la tetera se hacía insoportable.
Él comprendió que en todo ese tiempo había intentado ocultar a Sofía de varias maneras, primero, bajo metáforas y simbolismos en ese pequeño relato que ahora provocaba la ira de su novia, luego, de forma más concreta y evidente, la había escondido a un par de cuadras de allí, en medio del pequeño parque y junto a unos geranios que crecían desordenadamente. Mientras esas ideas recorrían la mente de Adrián, sus labios esbozaban diversas e inconexas explicaciones para convencerla de que no había otra mujer en su vida.
Al fin, ella recogió su cartera que descansaba pacientemente en una silla desvencijada junto a la computadora, y una vez en el umbral que conducía a la calle se dio vuelta y le dijo:
-Bueno, si no quieres decirme la verdad no importa, no es necesario, se nota que estas enamorado de otra mujer, te conozco muy bien Adrián, tú eres incapaz de inventar algo, tu solo escribes sobre tu propia vida, ¡te odio!
El portazo que siguió a aquellas palabras dio contundencia a todo lo que su novia había dicho, su cuerpo se dejó caer en una silla junto al computador. Frente a sus ojos, su último relato brillaba contra su rostro, la tetera seguía su chillido pero a Adrián ya nada de lo que sucedía a su alrededor le importaba, todo parecía perder el contorno de sus formas y una terrible confusión se instalaba en su mente.
Aquel departamento ahora no significaban nada, su mirada recorrió los muebles a su alrededor, todo aquello lo había obtenido para su novia, para regalarle una vida tranquila junto a él, sin embargo, todo ese paisaje extraño en el que estaba sumergido le parecía falso, todo a su alrededor perdía el peso de la propia existencia, solo le quedaban sus relatos guardados en la computadora, y tuvo la repentina impresión de existir sólo en aquellos relatos, de ser él mismo un personaje creado en los desvelos de un ignoto escribiente; ser una pequeña ficción.
Él se correspondía a una realidad que hasta antes de conocer a Sofía la tenía como verdad absoluta, y de pronto todo perdía el valor justo de las cosas.
Las verdades necesitan una comprobación, la ficción tan solo necesita de una justificación –se dijo.
Finalmente escribiría ficción.
Con emoción desbordada tomó el teclado, estaba dispuesto a escribir sin restricciones, y antes de empezar la primera línea, una idea terminó de darle forma, al fin, a su siguiente relato: “Adrián estaba, irremediablemente, condenado a escribir; y sin embargo, no podía hacerlo”, pensó.
Y luego, empezó a escribir:
“Era casi la media noche, un par de inútiles horas frente al computador en el que no había sido capaz de escribir más de dos líneas lo arrojaron sin contemplaciones a la calle...”
***
La tetera dejó de emitir su ensordecedor silbido, tanto había hervido el agua que se había evaporado.
Todo temor desaparece cuando se escribe...
*
tan sólo algo noto en Sofía...
*
Leí otra vez, sin pausas.
Las verdades necesitan una comprobación, la ficción tan solo de una justificación... Como explicar entonces que tu relato es casi una narración de un hecho real, eres casi un testigo de lo que me ocurrió. Gran sorpresa.
Como la vida, el limite entre ficción y realidad es tan solo una parte infinitesimal del destino.
a veces, o quizá, muy seguido, la ficción y la realidad se entremezclan de forma más que curiosa, este relato es mudo testigo de lo dicho, y lo refrendado por ti.