Nefelibata
24 de diciembre de 2005 by Juan
Pero si te pasara esa cosa horrible que es no tener fe
y al mismo tiempo proyectarse hacia la muerte,
hacia el escándalo de los escándalos,
se te empañaría bastante el espejo.
Julio Cortázar, Rayuela.
Una hora antes de morir, Nefelibata salió del consultorio empuñando el resultado del examen. Le dio una última leída, le aplicó dos o tres dobleces y fue a parar al olvido de su bolsillo derecho.
y al mismo tiempo proyectarse hacia la muerte,
hacia el escándalo de los escándalos,
se te empañaría bastante el espejo.
Julio Cortázar, Rayuela.
Una hora antes de morir, Nefelibata salió del consultorio empuñando el resultado del examen. Le dio una última leída, le aplicó dos o tres dobleces y fue a parar al olvido de su bolsillo derecho.
El helado viento de julio le hizo encoger los hombros y sus manos se acurrucaron cada cual en un bolsillo de su abrigo gris. Una tenue garúa ensombreció la ciudad y salpicó su cabello. Empezó a caminar.
Tomó el lado derecho de la avenida y fue una más entre la gente que recorría la ciudad con prisa. La noche se había instalado ya en el ambiente y a los lados de la calle los comercios se enfundaban en riguroso neón.
Embarazada. Un examen inicial hecho con premura en el baño de su casa hace varios días y ahora el resultado del laboratorio no dejaban margen a la duda. Nefelibata lo aceptó sin mayores reclamos. Absurdas preguntas como “¿Porqué a mí?” o “¿Cómo fue que pasó?” no asomaron por su frente surcada por la pequeña cicatriz que no lograba ocultar con el piercing color plata.
Había decidido quitarse la vida desde hace tiempo pero no era el embarazo lo que la precipitaba a hacerlo, apenas si lo asumía como un evento casual que le añadía ese matiz de opción entendible y hasta razonable que tienen las grandes decisiones frente a los ojos de los demás.
Tampoco era el viaje de Julián lo que la dejaba sin ganas de seguir viviendo. Sabía de sobra que todo es siempre irremediablemente pasajero. Recordó los momentos gratos que pasó junto a él y reconoció haberlos vivido con la mayor delectación posible. El sólo hecho de haberse enamorado, de haber conocido el amor y sus inconmensurables vericuetos eran suficientes para colmarla de gratitud; todo lo demás, la beca, el viaje, el adiós, eran sólo partes de una anécdota inconclusa, parte del juego de estar vivo y de querer vivir.
Tampoco era el viaje de Julián lo que la dejaba sin ganas de seguir viviendo. Sabía de sobra que todo es siempre irremediablemente pasajero. Recordó los momentos gratos que pasó junto a él y reconoció haberlos vivido con la mayor delectación posible. El sólo hecho de haberse enamorado, de haber conocido el amor y sus inconmensurables vericuetos eran suficientes para colmarla de gratitud; todo lo demás, la beca, el viaje, el adiós, eran sólo partes de una anécdota inconclusa, parte del juego de estar vivo y de querer vivir.
El rugido de la Javier Prado asomaba mientras recordaba el último de sus cuadros que no lograría terminar. “Sólo le faltaron los retoques”, pensó. Reconoció sin falso orgullo que le sobraba talento; ése sólo atributo había salvado a muchos del vacío, del sin sentido; pero ella había siempre esperado más. El amor, las angustias, las tribulaciones, las cortas alegrías, las muchas sonrisas, los innumerables llantos, y toda experiencia vivida no le fueron suficientes. “No es que me haya cansado de buscar, estoy harta de no saber lo que busco”, se dijo.
Ese día, Nefelibata había salido de casa dejando todo listo: Un revolver que guardaba con tierno esmero dormía oculto entre sus ropas con el tambor colmado de balas, una buena cantidad de veneno disuelto en un vaso de leche -que sería ingerido antes del disparo- se ocultaba desde la noche anterior; y para terminar, el equipo de sonido aguardaba ansioso por reproducir la más hermosa de las canciones: Nocturno 92 de Chopin. “El día que muera, será con esta canción”, se había dicho cuando la escuchó por primera vez.
Mientras cruzaba la avenida Javier Prado repasó todo aquel ritual que tenía bien aprendido, no debía pasar por alto ningún detalle de la más importante de sus ceremonias. No pudo, sin embargo, dejar de estremecerse al imaginar el instante antes de tirar del gatillo, le parecía sentir cómo sus vísceras hervían por el veneno ingerido mientras Chopin tocaba indolente el piano.
Ya lejos de las estridencias de la gran avenida se sintió algo impaciente. Apuró el paso y trató de no imaginar la cruenta escena después de ejecutar el disparo, pero le asaltó una duda que la había perseguido desde siempre: “¿Estaré haciendo lo correcto?”.
En un intento por justificarse y desvanecer esas dudas se dijo a sí misma que siempre intentó vivir de la única forma como ella lo entendía, en libertad. Nefelibata estaba más allá de todo juicio, de toda intención, estaba tranquila, y en ese ultimo tramo de vida casi podía decir que estaba paz; su cuerpo estaba limpio y listo para partir. “Los buenos jugadores saben en que momento se deben retirar; no es que hayan perdido, es que saben que no podrán ganar”, pensó.
Mientras se acomodaba el cabello oscuro y denso que la garúa y el viento habían alborotado, intentó un último argumento: “Al menos soy de esos pocos privilegiados que pueden elegir cómo morir”. Esa idea la colmó de insano orgullo, sus delgados labios sonrieron convencidos de la oportunidad que sólo ella tenía entre sus manos. ¿Acaso no había siempre buscado alcanzar la libertad?, ¿acaso no había mayor acto libertario que decidir uno mismo su propia muerte? Era ésta la hora de su venganza, de la venganza no sobre alguien, sino contra la vida misma, no volvería a ser una presa más de las circunstancias, la muerte, su muerte, sería su reivindicación suprema.
Cuando se percató, estaba ya frente al edificio donde vivía, entonces se detuvo a tomar un último respiro. Cruzaría la calle y una vez dentro de su habitación, a solas, la cita con la muerte sería inexorable, faltaba poco ya, había que pasar por alto el sudor frío, el palpitar acelerado, las piernas que flaqueaban, las ganas de desistir; había que ser valiente, la suprema libertad requería de mucho de valentía.
...El respirar entrecortado, el frío perforando la piel, la mirada perdida en el horizonte convertido en sólo una extraña mancha informe....
Cerró los ojos, y avanzó...
Cuando logró abrir los ojos, se descubrió en medio de intermitentes luces que la cegaban, rodeada de incontable gente extraña que gritaba. Nefelibata yacía en medio de un gran charco de sangre. Aquella no era su habitación, era la misma calle que no había terminado de cruzar; un auto con las puertas abiertas y los vidrios rotos descansaba sobre el sardinel mientras las sirenas de la ambulancia hacían más tormentosa su agonía. Con supremo esfuerzo levantó la mirada, allí seguía inmóvil el edificio que terminó siendo inalcanzable. Dentro de su habitación, parapetado entre sus ropas, el arma descansaría, el veneno disuelto en leche se cubriría de una delgada capa de polvo, y Chopin esperaría para siempre el momento de tocar para ella.
Dicen los pocos que la vieron, que Nefelibata murió soltando una lágrima, con el rostro cargado de impotencia, y de rabia.
Mientras cruzaba la avenida Javier Prado repasó todo aquel ritual que tenía bien aprendido, no debía pasar por alto ningún detalle de la más importante de sus ceremonias. No pudo, sin embargo, dejar de estremecerse al imaginar el instante antes de tirar del gatillo, le parecía sentir cómo sus vísceras hervían por el veneno ingerido mientras Chopin tocaba indolente el piano.
Ya lejos de las estridencias de la gran avenida se sintió algo impaciente. Apuró el paso y trató de no imaginar la cruenta escena después de ejecutar el disparo, pero le asaltó una duda que la había perseguido desde siempre: “¿Estaré haciendo lo correcto?”.
En un intento por justificarse y desvanecer esas dudas se dijo a sí misma que siempre intentó vivir de la única forma como ella lo entendía, en libertad. Nefelibata estaba más allá de todo juicio, de toda intención, estaba tranquila, y en ese ultimo tramo de vida casi podía decir que estaba paz; su cuerpo estaba limpio y listo para partir. “Los buenos jugadores saben en que momento se deben retirar; no es que hayan perdido, es que saben que no podrán ganar”, pensó.
Mientras se acomodaba el cabello oscuro y denso que la garúa y el viento habían alborotado, intentó un último argumento: “Al menos soy de esos pocos privilegiados que pueden elegir cómo morir”. Esa idea la colmó de insano orgullo, sus delgados labios sonrieron convencidos de la oportunidad que sólo ella tenía entre sus manos. ¿Acaso no había siempre buscado alcanzar la libertad?, ¿acaso no había mayor acto libertario que decidir uno mismo su propia muerte? Era ésta la hora de su venganza, de la venganza no sobre alguien, sino contra la vida misma, no volvería a ser una presa más de las circunstancias, la muerte, su muerte, sería su reivindicación suprema.
Cuando se percató, estaba ya frente al edificio donde vivía, entonces se detuvo a tomar un último respiro. Cruzaría la calle y una vez dentro de su habitación, a solas, la cita con la muerte sería inexorable, faltaba poco ya, había que pasar por alto el sudor frío, el palpitar acelerado, las piernas que flaqueaban, las ganas de desistir; había que ser valiente, la suprema libertad requería de mucho de valentía.
...El respirar entrecortado, el frío perforando la piel, la mirada perdida en el horizonte convertido en sólo una extraña mancha informe....
Cerró los ojos, y avanzó...
Cuando logró abrir los ojos, se descubrió en medio de intermitentes luces que la cegaban, rodeada de incontable gente extraña que gritaba. Nefelibata yacía en medio de un gran charco de sangre. Aquella no era su habitación, era la misma calle que no había terminado de cruzar; un auto con las puertas abiertas y los vidrios rotos descansaba sobre el sardinel mientras las sirenas de la ambulancia hacían más tormentosa su agonía. Con supremo esfuerzo levantó la mirada, allí seguía inmóvil el edificio que terminó siendo inalcanzable. Dentro de su habitación, parapetado entre sus ropas, el arma descansaría, el veneno disuelto en leche se cubriría de una delgada capa de polvo, y Chopin esperaría para siempre el momento de tocar para ella.
Dicen los pocos que la vieron, que Nefelibata murió soltando una lágrima, con el rostro cargado de impotencia, y de rabia.
Un contrapunto y todo se concentra en lo que has escrito. Y algo cambia ...