El deuteragonista










E L D E U T E R A G O N I S T A


"Las historias sobran, lo que faltan son palabras".
Grandes sobras, Beto Ortiz.

I.


-Servido -Dijo el mozo al dejar en nuestra mesa la enorme copa de licor. Luego, con una mano apoyada en el bolsillo de su chaleco y la otra colocada por detrás de la cintura, se retiró haciendo una venia y sin darnos la espalda.

Alejandra recorrió con la mirada el destello de luz reflejado en uno de los lados de su copa, el émbolo superior tan colorido y la abundante espuma que llegaba hasta los bordes en donde una frambuesa, atravesada por una pequeña sombrilla de mondadientes y papel crepé, realzaba el decorado de la bebida que presidía nuestra mesa.

-¡Se ve buena! -Me dijo con entonación infantil y yo asentí con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa cómplice.

Tomó la copa y la acercó lentamente hacia ella, cogió con una mano la frambuesa y se la llevó a la boca al tiempo que, sin otorgarle mayor atención, echó a girar la pequeña sombrilla que había llegado incrustada en la fruta.

A esa hora el restaurante estaba colmado de gente. Un pesado murmullo se elevaba como la polvareda que se eleva por una manada en tropel. Los mozos iban y venían atendiendo a los comensales y el coro de cubiertos golpeándose contra la vajilla, terminaban de componer una escena extraña pero festiva.

Alejandra tenía la mirada un tanto perdida, sus cejas enarcadas hacían insondables sus pensamientos. Algunos mechones de cabello castaño acariciaban sus mejillas y caían suavemente sobre el vestido fucsia que dejaba ver su delicada piel más allá de lo debido. Su cabeza, graciosamente inclinada y sus labios, contraídos al beber el licor, me confirmaban su expresa intención de verse coqueta, seductora, perfecta.

Y de pronto, percibí que toda esa escena de postal que me mostraba ella le significaban demasiado esfuerzo, una incipiente expresión de cansancio le cubrió el rostro diluyéndose ante mi la luminosidad de su figura.

En medio de la mesa, la pequeña sombrilla convertida en trompo empezaba a tambalearse hasta caer de lado junto a su copa. Ella la tomó nuevamente y la puso a girar con mayor fuerza, pero su bailoteo duró mucho menos que la vez anterior y pronto quedó nuevamente inmóvil.

-¿Sabes por qué la sombrilla se mantiene en pie? -Pregunté al coger el juguete entre mis dedos, al tiempo que me deshacía de la postura laxa que había mantenido, apoyando mis codos sobre la mesa.
-Pues porque le doy vueltas -Me respondió sin salir totalmente del trance en el que se encontraba.
-Si claro, pero me refiero a cuál es la razón que hace que, al darle vueltas, logre mantenerse en pie -Añadí quizá extendiéndome demasiado y con aire ufano.-No lo sé, cuéntame -Inquirió apoyando su cabeza en una de sus manos.-En la sombrilla, como en todo objeto que describe un movimiento circular, existen siempre dos fuerzas totalmente opuestas una de otra: La fuerza centrípeta y la fuerza centrífuga.
-La fuerza centrípeta -Continué ayudándome con figuras que mis manos dibujaban en el aire ante el temor de no dejarme entender-, es la que va desde los puntos más extremos de un círculo hasta el mismo centro. La fuerza centrífuga por el contrario, es la que se dirige del centro mismo hacia sus puntos extremos.
Alejandra se tomó el cabello y empezó a acariciárselo como si fuese un pequeño gato trepado en su hombro al que le daba mimos.

-Cuando hechas a girar la sombrilla, estas dos fuerzas iguales en dimensión pero totalmente opuestas se anulan, por lo tanto, la sumatoria de ambas es siempre cero, o más exactamente, equilibrio.
-¿Mmm equilibrio, nunca pensé que fuese algo tan complicado?–Agregó ella sin pensar demasiado en lo que decía.

–Sin embargo -Añadí luego de un instante en el que sopesé sus últimas palabras-, el equilibrio es un estado más bien ideal; y en la práctica un lapso de tiempo corto en el que todo parece tener una sorprendente armonía. Todo equilibrio, Alejandra querida, es producto de una pugna, y por lo mismo, es apenas una corta etapa que termina dando paso inevitablemente a un triunfo, y a su vez, a una derrota. Lo mismo le sucede a éste juguete, su bailoteo no es más que la representación de una lucha entre dos fuerzas opuestas que se lian hasta que una de ellas prevalezca sobre la otra desbaratándola por completo.

Las últimas frases las había pronunciado con una leve pero inusual convicción. Desde ese momento hasta que salimos del restaurante no volvimos a decir palabra alguna, un silencio absoluto se instaló en nuestra mesa.

Abandonamos el local pasada la media noche. Nos abrazamos y caminamos un buen rato por las calles casi vacías, un viento frío e impetuoso se divertía por momentos con nuestros cabellos y nos enfriaba el cuerpo haciendo que nos entrelazáramos con más empeño.

Caminar abrazados nos hacía inmensamente felices, ambos valorábamos las pequeñas y triviales cosas que la vida nos ofrecía. Yo la amaba y ella a mí.

Mientras caminábamos, recordé que el mismo día que nos conocimos nos besamos y nos hicimos novios. Nunca nos sorprendió el hecho de habernos enamorado tan pronto, ni el habernos llevado tan bien durante tantos años, todo nos parecía natural de esa forma y en realidad así había sido. Sin embargo, los dos éramos tan distintos, tan contrariamente distintos.
Y así, mientras caminábamos rumbo a casa, lentamente y con el viento en contra, supe con toda certeza que, una vez más, la iba a dejar.

A la mañana siguiente, sin que nada lo presagiase, mientras Alejandra se dirigía a su trabajo, tomé algunos CD’s de música, metí dos libros de lectura postergada en mi mochila, un poco de ropa, le escribí una nota, y me fui de casa.

--oo0oo--

II.

Se abrió la puerta del autobús y el zapato derecho asomó titubeante.

¡Bajan, bajan! Gritó el cobrador.

El zapato derecho se posó en la última grada y su par, el izquierdo, descendió también en pos del asfalto.

Sin darles tiempo a bajar completamente, el autobús emprendió su camino soltando un rugido destartalado. Empujados por la inercia, los pies de Carolina avanzaron dando tumbos hasta un jardín cercado de geranios.

Cuando el impulso del automóvil dejó de ejercer influencia sobre sus movimientos, Carolina regresó sobre sus pasos, dando grandes zancadas para no maltratar las plantas. Con disimulo, comprobó que desde el paradero la miraban con sonrisas contenidas.

Una vez en la vereda, sintió que bajo la suela de su zapato derecho algo resbaladizo hacía vacilar sus pasos.

¡Puta madre, lo que me faltaba, pisar caca! Pensó.

Pero no se detuvo, llevaba prisa. De tanto en tanto, raspaba su zapato derecho contra el filo de la vereda, tratando de no llamar la atención de la personas que a lo lejos, desde el paradero, seguían apuntándole con la mirada.

Excepto aquella esquina, todo aquel barrio tenía muy mal aspecto. Las fachadas de las casas habían perdido su color original, si es que alguna vez lo tuvieron, los techos eran bajos, las puertas estrechas, muchos de los muros lucían marcados con grafitis, indescifrables algunos y obscenos muchos otros. Los perros pululaban en las esquinas o en medio de las veredas, indiferentes a los saltos que debían dar los esporádicos transeuntes para sortearlos como en una carrera de obstáculos. El tono gris del cielo acentuaba el aspecto sombrío del lugar; pero lo que realmente incomodaba a Carolina eran las miradas de los viandantes con los que se topaba. Aquellas miradas le provocaban la sensación de estarse internando en un lugar ajeno y hostil, un lugar que detestaba pero al cual regresaba religiosamente una vez por semana.

No es que temiera que algún ladronzuelo la acometiese, que una mano ligera y procaz la rozara o que una palabra subida de tono la ofendiera, incluso, cuando más de una vez ya alguien le había hecho pasar un momento desagradable:

¡Mamita, que ricas tetas! Recordaba.

Antes de llegar a la esquina pactada, miró la hora con disimulo.
Las tres y media, le susurró su reloj de pulsera.

-¿Donde andabas? ¿Por qué llegas tan tarde? -Le increpó X al verla llegar.
-Me demoré- Le contestó ella con ojos temerosos. X concluyó la discusión con un chasquido de lengua y un gesto de desagrado, la tomó por la muñeca y la condujo calle arriba.

X tenía el cuerpo rudo y perfilado por el ejercicio. Llevaba puesta una camisa que se le ceñía en la espalda, un pantalón de pliegues y sus zapatillas de buena marca y dudosa procedencia. Caminaba a paso lento como el de toda la gente de aquel barrio, tirando para atrás la espalda, dándose, lo sabía bien, un aire pedante y autosuficiente que le complacía.

Ella en cambio era menuda y de movimientos delicados, vestía una blusa estampada de flores, una vincha colorida, un jean holgado y zapatos de color rojo, su atuendo era informal, desmedido, extravagante. X casi la doblaba en tamaño y a pesar de su andar mesurado ella apenas podía mantenerle el paso. En definitiva, quien los viese podía asegurar que aquella era una pareja totalmente desproporcionada.

Recorrieron primero una calle larga y estrecha, Carolina estaba convencida de que la razón por la que debía ir hasta aquel lugar era porque X deseaba exponerla a las miradas ocultas tras las diminutas ventanas del vecindario. Un par de muchachos sentados en la entrada de una quinta de paredes despostilladas saludaron a los gritos y X les respondió exudando orgullo. Doblaron luego por una calle curva hasta una avenida amplia en donde parecía terminar el mundo, del otro lado, un desierto y esporádicas casas se perdían en donde se perdía la mirada.

Abordaron un taxi y cada quien se ubicó a un extremo del asiento posterior. Cuando Carolina cerró la puerta del automóvil sintió un olor desagradable.

Pucha madre, la caca. pensó.

Bajó la mirada y observó que su zapato derecho continuaba sucio, nerviosa pero con disimulo, intentó frotarlo contra el tapiz del automóvil.

En el espejo retrovisor, descubrió la mirada del taxista dirigida hacia ella mientras bajaba la ventanilla más próxima, como queriendo liberar al auto de un olor insoportable.

En ese momento el sol iluminaba levemente la ciudad. En algún punto del horizonte, un rayo de luz agujereaba las nubes plomas del cielo para perseguir incesante al pequeño taxi que se deslizaba veloz por la autopista.

Carolina abrió también su ventana y una ráfaga de viento fresco cruzó oblicuo el automóvil, liberándola por un instante del bochorno y del olor que sentía desprenderse de su zapato derecho.

Algunos minutos después el taxi salió de la autopista para internarse en un barrio a medio construir en donde las casas lucían sus paredes de ladrillos y fierros desnudos. El único edificio terminado y pintado con excesivo esmero era el hostal de cinco pisos frente al cual se detuvieron.

Una vez fuera del auto, X la tomó del antebrazo, Carolina se dejó conducir hasta la puerta del hostal sin un rastro de conciencia en su mirada, a partir de ese momento, ella se deshacía de toda responsabilidad, o por lo menos así trataba de demostrarlo.

Ingresaron por una puerta estrecha y encendida por luces de neón. Un corto pasadizo de paredes amarillas y luego las escaleras cubiertas de mayólicas los condujo hasta el segundo piso del edificio. En ese corto recorrido por el pasillo, Carolina sintió otra vez, tal como le había pasado en el taxi, el olor brotando debajo de su zapato derecho.

X parecía no percibir nada, subía las escaleras displicente, dando esporádicos resoplidos mientras ella trataba de frotar con disimulo la suela de su zapato derecho en el borde de las escalinatas, con la esperanza de desprenderse de los residuos que todavía sentía impregnados en las rendijas de su suela y así liberarse del olor que la perseguía.

Al llegar al segundo piso, Carolina dejó a su compañero hablando con el cuartelero y se acercó a la ventana de la recepción que estaba abierta y desde donde se podía observar gran parte de aquel barrio de casas sin piel.

Apoyada en la ventana y con la mirada dirigida hacia el horizonte lograba escuchar un murmullo sordo entre su acompañante y el empleado del hostal. De pronto, el murmullo cesó abruptamente y la recepción quedó en silencio.

Ella volteó de inmediato y descubrió al cuartelero que la miraba como si algo le molestara de sobre manera, dando a entender que era ella quien lo provocaba.

Maquinalmente, dobló su rodilla colocando su zapato derecho hacia atrás hasta tocar con la suela el zócalo de la pared, frotándolo con fuerza.

Desde el mostrador de la recepción, su figura se veía disminuida y casi devorada por la luz que para entonces entraba furiosa desde la ventana detrás de ella.

Sus brazos, descolgados como dos serpientes inertes, parecieron de pronto vueltos a la vida y se entrelazaron delante de su pecho mientras su mirada avergonzada se hundía en el suelo.
Vamos, le dijo X pero ella parecía no escucharle.
¡Vamos! Le repitió y al fin le siguió por el pasillo en donde la luz de la calle casi no lograba iluminarlos convirtiéndolos en vulgares siluetas.

Carolina caminaba un paso detrás de X y sin desanudar sus brazos, observando a los lados del zaguán las puertas de las habitaciones rotuladas con números correlativos. Sólo unos cuantos metros los separaban de la habitación que les habían asignado y en el transcurso de ese escaso espacio sólo podía pensar en como liberarse de aquel zapato que no dejaba de incomodarle tanto.

X abrió la puerta del dormitorio y esperó a que Carolina ingrese. Una vez dentro, la tomó de improviso y la apoyó contra la pared cerca de la cama, luego le recorrió los senos con una mano, ascendió por el cuello y la tomó por el mentón levantándoselo. Sus dedos pulgar e índice le apretaron los labios y la empezó a besar. Su otra mano, una vez cerrada la puerta, alcanzó el cuello de Carolina, se escurrió entre sus ropas y descendió hasta su pecho liberándola de la blusa y del brassiere. Una vez sus senos al aire, los apretó con furia, luego, la tomó por los hombros y de un movimiento brusco la empujó hasta la cama a donde fue a caer de espaldas y frente a X.

Carolina se había dejado hurgar el cuerpo, como en sus anteriores encuentros, con la mayor y más elocuente de las expresiones de abandono que una mujer es capaz de mostrar, y que a X tanto le gustaba, pero esta vez no era por complacerlo, sino porque su única preocupación era esperar el momento preciso para quitarse el zapato derecho sin que él se diese cuenta.

X se paró delante de ella, Carolina desvió la mirada hacia el techo del dormitorio, lanzó un suspiro de resignación, se abrió la blusa que ahora le cubría uno de sus senos, y demostrando cierto embarazo se desabrochó el pantalón, mientras tanto, nerviosa y con movimientos torpes, lograba al fin sacarse el zapato derecho ayudado con su otro pie. Sin perder un instante y con mucha suerte, pudo empujar el zapato hasta debajo de la cama. Lanzó un nuevo suspiro pero esta vez de satisfacción y sin levantarse se quitó el pantalón y la trusa con sumo esfuerzo y poca elegancia, con movimientos tímidos y separando las piernas sólo lo necesario. Finalmente, se dio vuelta, y cerró los ojos.

La ventana de la habitación estaba cerrada y aún así se lograba escuchar el lejano y sordo ruido de la calle que se mezclaba con el tintinear de la hebilla del pantalón de su acompañante. Un instante después sintió las nudosas manos de X tomándola de las caderas y dándole un leve tirón, algo así como una señal previamente convenida, maquinalmente ella apoyó sus codos sobre el colchón de la cama, arqueó un poco la espalda, empuñó las manos, levantó las nalgas y se las ofreció.

Agotados en su vida, los caminos convencionales, Carolina intentaba, desde hace algún tiempo, encontrar el amor por la vía más rápida, la inmolación.

X la envistió con furia. A cada envión, Carolina, con los labios apretados, se limitaba a exhalar por la nariz. No había entre ellos el menor gesto de afecto, ni una mínima caricia, apenas si tenían unidas las partes de sus cuerpos necesarias para aquel trámite fisiológico que debía cumplirse una vez por semana. Empujar, irrumpir, perpetrar; todo aquél mecanismo de engranajes y bisagras en coordinado ritmo dispuesto de manera expresa para que, abruptamente, X terminara.

Al terminar, como todas las anteriores veces, Carolina se sintió aliviada sólo por un instante ínfimo, y al siguiente, le invadió la rabia y una infinita lástima hacia sí misma. Se dejó caer sobre la cama. X cayó también pesadamente detrás de ella. Aún jadeante, permaneció por un momento muy cerca del cuello de su amante, de pronto, le susurró algo que ella, aún aturdida, no logró entender del todo.

-¿Qué dices? –Preguntó Carolina.
-Digo que eres una maldita puta.
-¿De qué hablas? –preguntó ella sorprendida, pensando que X intentaba algún nuevo juego.

En lugar de una respuesta, lo que Carolina recibió fueron los nudillos de la mano de X, duros como una comba, que se incrustaron en su pómulo.

-¡Hueles a otro hombre maldita puta!, ¡has estado con otro! –Gritó X, encajándole otro golpe. Carolina se cubrió el rostro con las manos, no sentía dolor alguno sino más bien un frío inesperado que le recorría el cuerpo.

-¿Así que por eso llegas tarde no?, seguro te estabas revolcando con otro!

Tras un corto silencio, Carolina respiró hondo y contestó:

-Me bastaría con que me quisieras un poco –Su voz era apenas audible.
-¡Los hombres no aman a las putas! –agregó X con sorna, mostrando un ademán que no llegaba a ser sonrisa.
-¡No soy una puta grandísimo imbecil! –Se atrevió a decir Carolina, que ahora se mostraba enfurecida.
-¿No eres una puta?, ¿no eres una puta ah?! ¿Entonces qué mierda eres? –Gritó X mirándola con el mayor de los desprecios y dando una bofetada. Carolina se quedó en silencio, soltó una lágrima pero no lloraba, si algo había aprendido en la vida, era a recibir y aguantar los golpes. X dejó la habitación dando un portazo.

¿No eres una puta?, ¿Entonces qué mierda eres? retumbaba en su mente.

Se volvió a vestir con rapidez dispuesta a salir lo más pronto posible de aquél lugar pero al bajar de la cama recordó que le faltaba un zapato, su zapato derecho. Se agachó a buscarlo y cuando lo alcanzó y lo acercó hacia ella descubrió que no despedía ningún olor, le dio la vuelta para revisar la suela y sólo encontró un poco de barro, aún húmedo, entre las rendijas. Sus labios dibujaron una sonrisa descompuesta y muy despacio se dijo:

-Creo que sólo soy una pobre y triste cojuda.

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III.

Mochila al hombro, me acerqué a la mesa donde el escritor me esperaba.

Hacía bastante tiempo que nos citábamos en alguno de los innumerables chifas de la ciudad, allí, nuestras tertulias se amenizaban con platos de Arroz Chaufa, cigarrillos y una Inka Kola a medio congelar.

Conocí al escritor a través de un aviso puesto por él en un foro de Internet buscando a gente interesada en la literatura, su objetivo era publicar una revista de corte cultural.

A su convocatoria asistimos un grupo de diez personas con quienes el proyecto se echó a andar. Lanzamos con mucho entusiasmo y demasiada impostura una revista de publicación semanal, que a falta de buenos artículos fue convertida en revista quincenal, luego mensual, después bimestral y así hasta que finalmente comprendimos que el proyecto era en realidad un rotundo fracaso. El grupo inevitablemente se dispersó y lo único que quedó en pie tras el fracaso fue nuestra amistad.

-No digas nada –Le advertí avergonzado.
-Esta bien, no diré nada –Me respondió con aire superior.
El restaurante estaba casi vacío. En la mesa más próxima al mostrador, un comensal solitario aprovechaba la sopa humeante frente a él para calentar sus manos. Terminaba octubre y el frio hacía presa de la gente solitaria. Una mesera taciturna nos rondaba vertiendo aserrín en el piso color ocre, entreverándolo con una capa de cera líquida hasta formar grumos que barría sin mucho entusiasmo. El lugar no tenía mucha ventilación y el vaho de la cera y el aserrín húmedo me hicieron sentir un leve mareo.

El escritor no lograba controlar la leve sonrisa que sus labios dejaban escapar. Verme llegar con una gran mochila de viaje evidenciaba el motivo de mi llamado; y aún si no la llevara conmigo la razón la sabía de sobra. El escritor me lo había advertido muchas veces y yo me había empecinado en negar sus afirmaciones. Permanecí callado por un buen rato, "todo lo que digas será usado en tu contra" parecía decirme con su mirada.

-No puedo –Se quejó con una sonrisa que le resultaba ya incontrolable.
-¿No puedes qué? –Pregunté cruzándome de brazos.
-No puedo permanecer callado, tengo que contárte lo que pasó esta tarde -Me dijo solemnemente.
-Uff!, esta bien, no hagas tanto espectáculo y di lo que tengas que decir –Le contesté fingiendo molestia.
-Mmm, no, no –Dijo dando pie para que yo le insista. –No diré nada pues me acabas de conminar a guardar respetuoso silencio.
-Carajo no empieces con huevadas, habla.
-No no, descuida, yo sé respetar tu decisión.
-Ok, no digas nada entonces –le ordené pues tantas ganas de seguir el juego ya no tenía.

Juan, el escritor, era alto, de extremidades largas como cuerdas y de una delgadez que si bien no era extrema tenía algo de enfermiza. Lucía siempre un aire despreocupado que se confirmaba con su poco interés en vestir bien y la manía por caminar con la cabeza gacha, la mirada extraviada y el paso alargado.

Los que nos conocían solían decir que teníamos características físicas que nos emparentaban, que nuestras alargadas formas y nuestras ralas figuras tenían un parecido evidente; sin embargo, las semejanzas, nuestras semejanzas, iban más allá de lo meramente físico. Teníamos la misma edad, la misma admiración por el arte, él había querido ser músico desde niño, y yo pintor, pero ambos carecíamos del talento necesario, luego en nuestra adolescencia, las oportunidades para cumplir con nuestros sueños escasearon; así que terminamos estudiando carreras que detestábamos pero que a la larga fueron nuestro único sustento. Con el transcurso del tiempo fuimos decantando por un lado y otro hasta que encontramos en la literatura el mejor medio que teníamos a mano para nuestra necesidad de expresarnos y de querer ser, alguna vez, Artistas. Aquello no fue en realidad un decantamiento ni una mera elección entre un menú de posibilidades, sino una cuestión circunstancial, quizá, en otro tiempo hubiesemos terminado empeñados en la escultura, la fotografía, el teatro, el cine, o lo que fuera, quizá, si es que había una razón, que no creo que la haya, por la cual terminamos ocupando nuestras mentes en la literatura, fue porque en esos días nos hacía falta todo, desde monedas en los bolsillos, hasta panes en nuestros estómagos, entonces lo que más estaba a nuestro alcance era un lapicero y un papel. El problema era que ambos, sumergidos en los problemas cotidianos, teníamos poco contacto con la gente que estaba dedicada al arte; así que vernos con regularidad hacía mantener en nosotros el empecinamiento, aún dando tumbos, hasta alguna vez lograr nuestro mismo cometido. Lo curioso de todo esto era que su convencimiento de llegar a ser un escritor convicto y confeso no permitía ni la más remota duda o cuestionamiento, se había dedicado a escribir sin desmayo y, como él lo repetía hasta el cansancio, llegaría a ser el mejor escritor después de Borges, su obra se reconocería en todo el mundo, ganaría el Nobel sin pasos intermedios. Por el contrario, si bien yo escribía también con cierta regularidad, mis dudas y cuestionamientos eran atroces y constantes, yo dudaba de todo, y mi posición era más bien desesperanzada, me contentaba con poder escribir cada vez que pudiese, sin mayores pretensiones y quizá, alguna vez, publicar, aunque esa no era una meta para mí, sino un oculto deseo pero soberanamente lejano y quizá imposible. Sin embargo, del mismo modo en que descubrimos que ambos andábamos por el mismo camino, que el curso de nuestras vidas habían sido semejantes, aprendimos también, luego de dos años de conversaciones y amistad, que teníamos profundas diferencias, y que, curiosamente, eran esas diferencias las que realmente nos unían.

Al principio, cuando empezamos a cenar periódicamente luego del fracaso de la revista, descubrí que frente a mí, en aquellas mesas de restaurantes de comida china, no tenía a un tipo parco y de aspecto endeble como parecía a primera vista, sino a una persona inteligente, pero a la vez voraz y despiadada que aborrecía las frases trilladas, el lugar común, el mal gusto, las falsas modestias y la solemnidad hipócrita. Sus cejas sobre pobladas y sus ojos ensombrecidos por unas órbitas oscuras le otorgaban a su mirada un tono siniestro mientras que en su forma de hablar había siempre una seguridad inquebrantable y un despliegue de modales y gestos muy bien aprendidos, casi teatrales, dignos del mejor orador y del más elegante villano. Su mentón siempre levantado y su mirada fija y penetrante salida de esas cuencas oscuras eran su mejor arma contra quien solía sentarse del otro lado de la mesa.
En nuestros primeros encuentros, el escritor no conversaba conmigo sino que me planteaba abiertamente una contienda intelectual, una afrenta con la plena seguridad de ser él quien saldría victorioso, sin que por esto dejara de exigirme siempre, aunque no lo dijera abiertamente, respuestas sensatas, sabias, contundentes. Había pues en él un deliberado tono beligerante y despiadado a la hora de conversar y de exponer sus puntos de vista. Pero en el fondo me caía bien, su descontada inteligencia y su erudición, de las que hacía gala hasta el límite exacto entre la admiración y la pedantería, eran cualidades que yo apreciaba mucho y hasta envidiaba.

Supe desde un inicio que Juan no tenía el menor interés en entablar amistad alguna conmigo, su intención había sido, incluso con la excusa de lanzar la mentada revista cultural, la de encontrar un contrincante de fuste con quien pudiese medir fuerzas, andaba en busca de alguien con quien valiese la pena batirse a duelo en citas, menciones, reflexiones y aforismos. Pero para desgracia suya, se había topado conmigo, un tipo parco, introvertido, y lo que es peor, de erudición fingida (si es que esto puede ser posible).
-Esta bien, te lo voy a decir –Interrumpió mi silencio dibujando una sonrisa, ahora si, totalmente descarada.
-¡Acabáramos! Bueno, habla –Agregué resignado.
-Ok, pero dejo constancia que lo hago sólo porque tu insistes, pues yo he intentado permanecer callado –Agregó retomando nuestro juego absurdo.
-¡Habla carajo! –Sonreí llevándome las manos a la cabeza.
-Bueno bueno –Empezó acercándose a la mesa y bajando la voz en claro gesto de develar un gran secreto –Alejandra me llamó a la hora del almuerzo, o mejor dicho, a la hora en que la gente suele almorzar. Bueno, no es que lo tengas que saber pero a esa hora yo estaba almorzándome otro tipo de platillos, un poco más suculentos.
Hasta entonces, excepto su biografía, sabía todo sobre el escritor por su propia boca, habíamos sabido mantener una distancia saludable que ponía a buen recaudo nuestra intimidad, aunque para ser sinceros, era él quien tenía más reparos en hablar sobre asuntos personales que llegaban a ser demasiado tortuosos. Solía sin embargo jactarse de llevar una vida libérrima, una vida acorde a un escritor, lejos de las ataduras de la cotidianeidad y el tedio. Y sobre todo, lo más alejada posible de la gris monogamia a la cual yo estaba acostumbrado. "Donde pongo el ojo pongo la bola", decía. Criticaba con fervor la vida apacible y cuadrada, la burguesía y su hipócrita seguridad. No tenía reparos tampoco en admitir que, además de la literatura, las mujeres eran su segunda vocación y su más terrible tormento. Hasta donde sabía, vivía solo, convertido casi en un anacoreta dedicado a la lectura de libros para mi imposibles. En mi imaginario aparecía él siempre escribiendo, o por lo menos en estado de gracia absoluta, habitando ese mundo marginal y libérrimo que tantas satisfacciones parecía depararle y que parecía tan tentador pero inalcanzable para un ordinario oficinista inadaptado como yo.

-¿Me estás prestando atención? -Me increpó.
-Si, si, me decías que te llamó Alejandra ¿no?
-Si, eso mismo, me preguntó si te había visto, si sabía algo de ti. No estuvo demasiado explícita pero fue suficiente como para comprender lo que luego confirmé cuando me llamaste, que otra vez la habías dejado, y para variar, sin decirle nada, dejándole sólo una nota. ¡Vaya estilo ah! ¡Y ya le has agarrado costumbre!
Yo, arrellanado en el asiento, me limitaba a escucharlo mientras tomaba de mi Inca Kola dándole diminutos sorbos.

-Me pidió que le avisara si sabía algo de ti, lo cual me sorprendió dado que no soy santo de su devoción, supongo que esta... un tanto desesperada. -De pronto se llevó una mano sobre la sien como suele hacerlo cada vez que esta a punto de soltar una frase memorable, y sin embargo, luego de unos segundos de silencio en los que parecía paladear las palabras que tenía preparadas, tomó un largo sorbo de su vaso de gaseosa y se abandonó en el asiento.

-¿Eso es todo? –Pregunté ante su abrupto silencio y él hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
-Me pareció que ibas decir algo más -Le insistí.
-No, eso es todo, bueno, ¿Y qué piensas hacer ahora? –Me preguntó intentando cambiar de rumbo la conversación.
-Nada en especial; supongo que debo buscar una habitación en alquiler.
-¿Y mientras tanto?
-Pues dormiré en algún hotel, no creo que me tome más de una semana conseguir un lugar estable, mientras eso ocurra te dejo mis pocas pertenencias, en mera custodia.
-Claro, descuida, te puedo ofrecer mi cubil, digo, sin ninguna otra intención, ya sabes, sólo hasta que encuentres algo mejor –Dijo mientras en su rostro se dibujaba cierto embarazo.
-No –Respondí-, gracias pero no te quiero incomodar, además yo te arruinaría esa vida de gigoló ad honorem a la que estás acostumbrado.

–Bueno, cumplí con ofrecértelo.
-Sí, sí, descuida.
-Y… -Continuó –¿Puedo saber por qué la has dejado esta vez?
-Pues... ya sabes, lo de siempre.
-No jodas –Dijo fingiendo sorpresa-, lo de siempre es en realidad un “por las huevas”.
-No creas -Añadí tratando de justificarme- Aunque... quizá tengas razón, digamos que, ésta vez me he ido por culpa de una sombrilla.
-¡Ah bárbaro, eso lo explica todo! –Exclamó dando luego el último sorbo a su gaseosa.-Aunque no lo creas, sí, eso lo explica todo.

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IV.

Hacía frío al momento de despedirnos, abrigué mis manos en mis bolsillos y empecé a caminar por la Av. Arequipa. No llevaba ninguna prisa, mis caminatas no suelen tener como destino un lugar sino un estado, mi única intención era agotar mi cuerpo y despejar mi mente. Luego de una hora de caminata, decidí entrar al único lugar donde un solitario trasnochado puede pasar la noche con el gris consuelo de saberse rodeado de gente: Las cabinas nocturnas de internet. Además, me dije, tengo ganas de escribir. Me ocurre muy a menudo, hay momentos en los que me siento absolutamente convencido de querer escribir sin pausa durante el resto de mi vida, me invade la certeza absoluta y la candidez ridícula de creer que escribir me quitará la sensación de vacío que me inunda y me asfixia a la vez. Lo patético de todo esto es que dicha sensación hace presa de mí únicamente cuando no tengo la posibilidad real de escribir, mientras que, una vez frente a la computadora o habiendo tomado lápiz y papel y con suficiente tiempo disponible, las ganas se me esfuman. Es la triste condena de todos a los que nos sobra la sensibilidad y nos falta talento.

¿Qué es lo que ha cambiado? Hace un par de años era capaz de escribir cinco páginas de corrido con apenas mínimas correcciones. En aquél tiempo, cuando no conocía al escritor, escribir era menos doloroso, menos esforzado y más gratificante. Desde luego, a la luz de la distancia, me doy cuenta que cuando escribía seguía la ruta sinuosa de un pato sin cabeza que se empeña en no entrar a la olla. No me planteaba las interrogantes de ahora, elaboraba sofisticados argumentos, ni detenía en delinear con precisión a los personajes de mis textos, tampoco me pasaba el tiempo anotando frases, ideas, lugares, descripciones, palabras raras y mil cosas más que hago ahora con el afán de escribir "mejor" y con más continuidad. Quiero ser honesto cuando escribo pero la técnica es para mí un impedimento, un impedimento que debo aprender a superar. Ante tal desamparo, tengo la esperanza de que dentro de algún tiempo, por ahora lejano, pueda escribir con el mismo afán y con la misma facilidad con la que escribía antaño, sólo que, para entonces, la técnica no será ya un enemigo, sino mi mejor aliado. En algún momento he de agarrar del cogote a éste jumento chúcaro que no se deja ni lazar.

Dentro de la cabina de Internet, en mi cabeza ha girado incesante la idea de que, quizás, en el fondo, estoy rotundamente equivocado, quizá escribir honestamente, como he calificado yo mismo, consista justamente en dejar que las palabras fluyan, que aquella energía contenida se canalice suavemente (o furiosamente) en un papel o en una hoja de Word sin mayor reparo, y toda esa perogrullada de la técnica y el escribir "bien" sea en realidad una impostura; sería mejor no fiarse tanto de lo racional y ser más impulsivo. Y sin embargo, Juan, el escritor, parece no equivocarse cuando dice, con el dedito levantado y la mirada perdida en el techo: "Lo racional no quita lo valiente". ¡Que carajos!

Miro la ventana del Word y una vez más, releo lo que, motivado por dos hallazgos extraños, me motivaron a escribir:

Es tarde ya, deben ser más de las once de la noche, no siento frío, un viento fresco y húmedo se cuela por entre mis orejas zumbando periódicamente. Me siento ligero. Mi pesada mochila se ha quedado con Juan, el escritor. Tengo una sensación que ya no me es tan extraña. Una sensación de ligereza extrema, de no pesar nada. Es una insoportable levedad del ser. O de no ser. Asirse a algo es una necesidad natural, des-asirse puede sonar insano. Uno compra, reúne, atesora cosas, o las construye y las hace suyas, las apila una tras otra, no las va dejando como una estela tras de si. Ahora, mis únicas pertenencias son una mochila de viaje, mi reproductor MP3 (donde Erroll Garner interpreta "Exactly like you" con maestría sutil y despiadada), mi pequeño cuaderno de apuntes y mis dos libros que rimbombantemente he llamado "de lectura postergada". Estas pocas cosas flotan alrededor mío, flotan en mi memoria, pueden ir conmigo a todos lados porque están demasiado ligadas a mí. La esencia, me digo, no está en uno mismo sino en todo aquello (o en ese poco) que nos rodea y que se nos vuelve indesligable. Y sin embargo, puedo afirmar todo lo contrario sin parecer equivocado, que uno es en realidad todo lo que va dejando como una estela tras de si. Mis pies han perdido fuerza, levanto la cabeza y a media cuadra, las luces de neon de un enorme edificio titilan friolentos. "Internet las veinticuatro horas" dice.
En la entrada, un muchacho que apenas ha dejado la adolescencia me tiende un ticket . "Scorpion's Internet" dice en el encabezado debajo del cual lleva apuntada también la hora de mi ingreso.

-Segundo piso -Dice maquinalmente y me indica las escaleras con la mirada.

Peldaño tras peldaño asciendo hasta un gran salón con amplias ventanas de vidrios polarizados en los que rebotan y se superponen los reflejos de todos los trasnochados internautas. Un tableteo incesante se oye y si no fuera ésta una cabina de Internet pensaría que aquel ruido proviene de una caída de agua muy alta y caudalosa. El piso está cubierto con una alfombra color turquesa, las paredes son de color mostaza muy vivo y en el techo hay tantos fluorescentes encendidos que el lugar me parece un invernadero en el que uno podría pasarse muchas horas sin percatarse si afuera es de día o de noche. Sin proponérmelo, adopto la posición de bandolero de western que ingresa al bar de un pueblo desconocido apenas los clientes me lanzan miradas, mitad avergonzadas, mitad agresivas. Llevo elevado el mentón, descuelgo mis brazos y muevo mis dedos como si estuviese listo para sacar el revolver del cinto ante el primer movimiento en falso de los lugareños. Como era de esperase, sólo están desocupadas algunas computadoras ubicadas en medio de la gran habitación, es decir, aquellas expuestas a las miradas de los internautas de los cuatro extremos. Encuentro en éste lugar un tufillo de sordidez que tiene para mi cierto encanto.

Tomo asiento frente a la computadora que en lo posible esté menos expuesta a los curiosos, me siento un impetuoso y afiebrado navegante más y un leve calor me invade el cuerpo, aún cuando no pienso entrar a una sala de chat de sexo o visitar una página de pornografía. Hoy, si bien no he dejado ciertas aficiones, presiento que estoy liberado de aquellos inevitables y cíclicos tormentos.
Unos minutos después, aunque no me sorprende, me doy cuenta que tengo la mente en blanco, no brotan de mis dedos nada que llegue a agradarme. ¿Qué haría el escritor en estos casos? escribir, escribir, escribir y escribir, sólo eso. Decirlo suena bastante fácil.
Algunas líneas empiezan a tomar forma en la computadora:

"La Av. Arequipa fue construida en el gobierno de Leguía. Nacía en los linderos de una ciudad vieja, pretenciosa y cucufata. Sus más de 50 cuadras eran el camino más corto y más elegante para llegar al balneario de Miraflores. A los costados, casonas esplendorosas y petulantes brotaron pronto y pronto la gente ya no viajaba por aquella avenida, la paseaba.
Ajena al futuro que le deparaba, la Av. Arequipa lucía sus chalets coloridos y sus jardines delicados, sus frondosas palmeras abanicaban apacibles al tranvía que ocioso avanzaba sin apuro. En los años sesenta y setenta del siglo pasado, muchos inversionistas, descreídos de las consecuencias de la llegada de los migrantes de la sierra, se empeñaron en construir edificios de departamentos y oficinas para gente elegante, fresca y feliz como la calle que los albergaba. Hoy casi no queda residencia en ésta avenida que no haya sido transformada en instituto de educación técnica, laboratorio clínico, restaurante, discoteca, cantina, librería, hotel de paso, farmacia o cualquier otro comercio.
Los días de semana, por sus veredas pasan millares de adolescentes hormonalmente alborotados, toman la calle por asalto hasta las primeras horas de la noche, momento en que, desbocados, la abandonan rumbo a los conos, aquellos grandes arenales que ya no lo son más, y que han sitiado a quienes alguna vez se sintieron propietarios de esta ciudad informe."

Me detengo, releo y me convenzo de tener frente a mis ojos un remedo de asignación escolar decorada con cuatro o cinco palabrejas azucaradas. Tu problema, me ha diagnosticado el escritor, es que escribes como jerma. La solución, poner el freno de manos, buscar la inspiración en algún otro lado, o, en el mejor de los casos, dada mi incapacidad para escribir algo decente, no perder el tiempo en intentos fallidos y... quizá, alegrar la vista con algún videito porno. Santo dios, me pregunto si Flaubert o Tolstoi, tímidos, poco afectos a los placeres y consagrados a la literatura, hubieran escrito en igual medida si hubieran tenido a mano tan dulce y gratuita tentación!

Y de pronto la veo por entre las computadoras dispuestas en esta gran sala-invernadero. Está a pocos metros de donde yo me encuentro. Tiene el rostro redondo, la piel blanca, el pelo negro y lacio. Una delgada vincha blanca deja sobre su frente un cerquillo que se empeña en cubrirle las cejas. Sus ojos, cuidadosamente delineados enmarcan una mirada fresca y cándida y sus mejillas rosadas y tiernas están salpicadas de infantiles pecas. Tiene una nariz diminuta y una media sonrisa que, las pocas veces que aflora, la hace parecer avergonzada. Habla esporádicamente por el micrófono de la computadora pero desde mi posición es imposible escuchar lo que dice. Como me resulta imposible mirarla directamente sin sentirme avergonzado, me limito a observarla a través de su reflejo sobre el vidrio del gran ventanal que está junto a ella. Tras la ventana se logra distinguir, a pesar de los vidrios polarizados, la avenida Arequipa y sus esporádicos vehículos. Apenas unos minutos después, su mirada se entristece y sus mejillas palidecen. En el reflejo impreso en el vidrio su rostro transparente permite ver uno que otro autobús, o algún esporádico transeúnte. Un taxi de luminosos faros se pasea por su mejilla, un viandante distraído pisa sin clemencia sus ojos profundos y ahora sin vida, la calle se funde en su rostro, una ciudad entera, que debería ya estar dormida, parece vivir allí dentro. De improviso su mirada distraída se dirige hacia el vidrio y del vidrio, en oblicuo rebote, se cruza con la mía, que más que una mirada, es ya una devota contemplación. Me siento descubierto en ese diminuto y terrible instante hasta que en su rostro brota una sonrisa disforzada, hiriente y altiva que parece muy bien aprendida. Me vence. Simulo estar muy ocupado y tecleo incoherencias, desvío la mirada hacia el monitor sintiéndome abochornado y confundido. Abro mi correo, ingreso mi contraseña, muevo el mouse de un lado a otro y hago como si un asunto de suma importancia me mantuviese ocupado, pero no logro fingir más; decido tomar valor y mirar nuevamente a ese triste consuelo que es su reflejo en la ventana; pero aquella figura difusa en el vidrio ha desaparecido. Alargo el cuello en busca de la muchacha pero no la encuentro, sin meditar en lo que debo hacer me levanto y me dirijo hacia la mampara que da a la avenida; al fin logro distinguir, a pesar de la noche y la poca iluminación, su pequeña silueta que se dirige hacia la avenida Arenales sin la menor prisa. Su pequeña y delgada figura, su caminar tan lento y la calle con las luces tenues, imprimen a esa escena un tinte trágico y sobrecogedor. Su pelo lacio y muy negro me lanza un último destello gracias al reflejo de algún farol cercano y luego desaparece de mi vista.
Al regresar a la computadora que me ha tocado en suerte, veo en la bandeja de mi correo electrónico un mensaje sin leer: "Hay un cuento de Ribeyro..." reza el asunto. Es un correo de Juan, el escritor.

--oo0oo--


V.


From:
juan_osorio_@gmail.com.pe
To: jorge.gonzalestt@free.uk
Subject: Hay un cuento de Ribeyro...

Estaba a punto de decírtelo pero no lo hice. Solemos regodearnos en lo intrascendente y callar lo realmente importante.
Hay un cuento de Ribeyro que se llama Doblaje. Trata sobre la posibilidad de que todos tengamos un doble que habita en las antípodas y que, siendo una copia fiel de cada uno de nosotros (y estando en las antípodas), se pasa la vida haciendo exactamente lo contrario de lo que nosotros hacemos.
Supongo que te preguntarás porqué es que menciono éste cuento, o a lo mejor sabes a qué quiero llegar al mencionarlo. Más de una vez hemos deslizado la temeraria posibilidad de que entre nosotros exista algún tipo de vínculo extraño que nos emparenta de manera formidable. Desde luego que el sentido común nos indica que esta conjetura no pasa de ser una ridiculez propia del esoterismo más bajo y de la natural y comprensible necesidad nuestra de sentirnos tocados por alguna maldición, por pequeña que ésta fuese, que haga nuestras vidas un poquitín más interesantes. Una conjetura ridícula que sea digna de mencionarse en algún té de tías, o en la mesa de algún chifa, y que no pase a mayores. Sin embargo, muchos eventos curiosos, o incluso me atrevería a llamar retorcidas coincidencias, me han hecho más de una vez abrazar la posibilidad de que realmente sí existe entre nosotros un conjuro que nos lleva siempre a estar en los lados opuestos de una misma circunstancia, en hacer exactamente lo contrario uno del otro, en recorrer exactamente el mismo camino, pero desde veredas contrarias y en sentidos opuestos. Pero claro, éstas conjeturas me suelen abordar sólo en estados de semi-inconsciencia. Pero luego, superado el trance, ya con la cara lavada y en estado de completa vigilia, inmerso en las velocidades atroces de la ciudad, el tránsito, el dinero, caigo en la cuenta de que ese tipo de conjuros y posibilidades esotéricas son reverendas cojudeces. Sí, son puras cojudeces, me digo, y para serte sincero, así lo he creído, hasta que sucedió lo de ésta tarde.
Me encontraba yo en ésta mi habitación desierta, que, debo ya confesarlo, es un cuartucho harapiento en el último lugar de Lima donde una persona civilizada podría vivir, en donde no florece más que el dolor y el desconcierto, la rabia y mis textos, cuando recibí una llamada, la llamada de Jessica. Antes de decirme la verdadera razón por la que había llamado me dio mil excusas, todas ridículas e inverosímiles, y que desde luego, no me importaban mucho, el caso es que, por increíble que parezca, dada mi situación de "malnacido" e "hijodeputa" como me ha catalogado ella en su imaginario, o en su bestiario, media hora más tarde me encontraba en su cama, en nuestra cama, sintiéndome morir entre sus piernas y volviendo a nacer entre sus brazos. En medio de ese estado de aplatanamiento total la escuché decir toda la sarta de de sandeces que dice la gente que está enamorada hasta los uñeros, que me amaba, que no podía vivir sin mi un minuto más, que era una grandísima mierda estar separados. Me rogó y me imploró, como sólo ella sabe pedirlo, que no la deje nunca más, apelando, faltaba más, a ese natural deseo de eternizar lo que es por naturaleza fungible, implorándome que me quede con ella ipso facto (no lo dijo en latín, pero hay que elevar un poquito el nivel de éste mail), que recoja mis cuatro o cinco estropajos de aquel inmundo lugar donde vivía y me regrese con ella. Como comprenderás, las mujeres que conocen el poder de su entrepierna saben bien que bajo ciertas circunstancias los hombres solemos tener un adormecimiento no sólo muscular sino también cerebral. Así que, de pronto, quise yo también con todas mis fuerzas abrazarme a ella y quedarme a su lado, le dije, como jamás se lo había dicho, con las palabras que jamás pensé pronunciar, que haga conmigo lo que quisiera, que la obedecería en todo, que la amaba hasta el infinito y que volvería, claro que volvería a su lado, que mis cinco estropajos tirados en ese cuartucho a medio construir en donde vivía hace seis meses podían quedarse en el olvido porque desde ese momento no dejaría a Jessica nunca más, nunca más!
Apenas hube pronunciado esas inicuas palabras, sonó mi celular, era Alejandra, tu Alejandra, que con una vocecilla entrecortada pero intentando ser fría, me preguntaba por ti, y luego, algo incómoda, dejaba entrever que la habías dejado.

--oo0oo--

VI.

Los nervios habían hecho presa de mi. Apenas me había atrevido a decirle Hola, me llamo Jorge.... Tras un prolongado silencio, ella dejó escapar por el auricular una hiriente risita. Había notado mi incapacidad para entablar una conversación ordinaria así que decidió tomar la iniciativa. Con la voz aguda y el tono juguetón recurrió primero a las formalidades, Pues yo me llamo Carolina, replicó. Enseguida preguntó mi edad, en qué barrio vivía y a qué me dedicaba. Mis respuestas eran precisas, concisas, sumarias. Cuando por momentos caíamos en insoportables silencios, me lanzaba nuevas interrogantes que a la larga iban quitándome de encima la responsabilidad de llevar con éxito una conversación que de otro modo hubiera resultado muy desagradable. A mí lo que me sorprendía era su empecinamiento, su resuelta intención de no hacer de aquella conversación, por culpa de mi torpeza, un fracaso. Cuando la tensión se había disipado entre ella y yo (o mejor dicho, la tensión que ella me provocaba) decidí indagar sobre el asunto que nos tenía en el hilo telefónico a pesar de mis taras. No me quedaba claro si lo que estaba sucediendo en ese momento era lo que, en teoría, debía estar sucediendo. Es decir, que estaba hablando con una muchacha que no conocía, que apenas había acabado el colegio, con quien debía coordinar el lugar donde nos encontraríamos para acostarnos juntos. Me atreví a preguntar si vivía sola, Vivo con mi hermano, pero está de viaje, Confesó ella, Entonces puedo ir a buscarte a tu casa, Sugerí fingiendo seguridad cuando en realidad tenía todo el cuerpo abordado por un temblor incontrolable, No, los vecinos son muy chismosos, Replicó, El tono de sus respuestas me desconcertaban, en mi abstrusa cabeza no podía ser posible que aquella púber desconocida estuviese tan naturalmente dispuesta a tener un encuentro conmigo sin mediar más que el simple deseo. Dejé de importunarla con preguntas que, presumía, no debían ser tan directas pues tan seguro de que ella quisiese acostarse conmigo, a pesar de todo, no estaba; hasta que, de su propia boca la oí decir: Si no puedes no importa, de todas formas no tenía muchas esperanzas de dormir con alguien hoy, es sólo que, a veces me agarra así, y no quiero pasar la noche sola, ¿entiendes no? supongo que mañana todo volverá a la normalidad así que tampoco hay que preocuparse tanto. La revelación, su revelación, me hizo tomar valor y finiquitar el asunto de una buena vez, me excusé por no haber sido directo, por haber dado la impresión de querer posponer nuestro encuentro. Así que sólo debía indicarme donde nos podíamos encontrar. Tras un prolongado silencio, como si evaluase la situación nuevamente, me preguntó como era, sus averiguaciones me parecieron bastante extrañas, indago por mi físico, si era alto, bajo, flaco, gordo, si tenía el pelo largo, si era ondulado, y sobre todo, si tenía joroba. Sus preguntas me hacían sentir una res a la que se va a beneficiar, sin embargo, el tono de su voz, siempre fresco e infantil, le quitaban todo el efecto desagradable que debió provocar en mí. Sugirió encontrarnos una hora más tarde, me confesó ser un poco remolona y la puntualidad no era, lo comprobé después, una de sus cualidades. Llevaría una casaca rosada y una pequeña mochila anaranjada para poder reconocerla. Fui enseguida. Dos intentos fallidos después, en los que importuné a distraídas muchachas que, por casualidad llevaban casacas rosadas y mochila en la espalda, logré dar con ella en una esquina, en la misma esquina en la que habíamos decidido vernos.

Tenía unos ojos traviesos y pequeños como los de un roedor, era pequeña, extremadamente delgada y frágil. Sonreía mientras se disculpaba por llegar tarde pero en su rostro, más allá de su sonrisa transparente, se descubría una expresión atribulada por cuestiones que, saltaban a la vista, no eran las propias de un primer encuentro con un desconocido, sino cuestiones de otra índole, más difíciles de definir a primera vista.
Me condujo con total familiaridad por algunas callejuelas estrechas y medio oscuras, calles curvas, del tipo de calles que me provocan una sensación de vértigo por no saber lo que te espera al final del recodo. Me sugirió, dejando entrever que aquellos avatares los había vivido reiteradas veces, que a la entrada del hostal debía pagar con la cantidad exacta (veinticinco soles) para evitar que la recepcionista (ella sabía de antemano que era LA RECEPCIONISTA y no EL RECEPCIONISTA) llegue a notar que mi compañera era apenas una colegiala. Una vez dentro de la habitación, superados los escollos, nos sentamos en la cama, uno frente al otro, no tenía la menor idea de qué era lo que tenía que hacer, o cómo debía abordarla en este tipo de situaciones; pero ella no se hizo problemas, se acercó a mí avanzando de rodillas por en medio de la cama, tomó tiernamente mi cabeza y la apoyó en su pecho donde apenas habían dos pequeños senos blandos y frios; acarició mis cabellos, me dijo que me quería y lo dijo tan sinceramente que se lo creí; luego, quizá porque estaba más callado que un muerto, me dijo: ¿Alguna vez te ha pasado algo que quisieras contar a todo mundo?, Mmm, a veces, le dije, Pues a mi me han pasado muchas cosas y me gusta contarlas, Entonces cuéntamelas, Propuse.
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