EFE

F se despierta, no ha dormido bien, siente un leve pero incesante dolor en el cuello. Lanza un gran bostezo, estira los brazos, intenta desperezarse sin éxito alguno. El sonoro bostezo despierta a J.
Es sábado, o domingo, no importa mucho. Es media mañana y las paredes blancas de la habitación hacen rebotar ociosamente la luz de un sol impertinente.
J serpentea por entre las sábanas rugosas hasta alcanzar el pecho de F, ronronea. Las palabras melindrosas logran despabilar por un momento a F.


-Buenos días amor, ¿dormiste bien? 

-Como un lirón -miente F. 

 

F no sabe como son los lirones. Algunas veces los imagina como roedores, otras veces como aves de regular tamaño; luego piensa que la frase “dormí como un lirón” refiere a algún animal extremadamente lerdo, recuerda que las aves no suelen dormir mucho, salvo los búhos. Debo buscar en el diccionario qué cosa es un lirón, se dice F mentalmente.

 

-Yo en cambio no dormí bien -confiesa J estirando los brazos y convirtiendo las últimas sílabas de lo dicho en un bostezo descarado.  

-¿Y eso por qué?

-No lo sé, tuve un sueño bonito y aún así no dormí bien, soñé que nos íbamos de viaje en uno de esos enormes barcos de las películas, llevaba un vestido blanco con un gran escote y todos los hombres me miraban, luego aparecías tú, me tomabas del talle y me alejabas de las miradas. 

-Que bien. 

-¿Tú no has soñado nada? 

-Pues no, ya sabes, yo casi nunca sueño.

 

Pero es mentira. F tiene un sueño recurrente: Una misma calle con muchos postes llenos de coloridos afiches anunciando algo que no llega a recordar, las casas tienen puertas pequeñas, parecen escondrijos, callejones. En los linderos entre la calzada y la vereda algunas bolsas de basura muestran sus vísceras. Luego aparecen aquellos cinco tipos de rostros nebulosos, todos empuñando cuchillos en dirección a F. ¿Por qué nunca me doy vuelta y corro cuando todavía estoy a prudente distancia de ellos, aún sabiendo que, estando en el sueño, ese sueño ya lo he soñado antes, y sé como termina? Se dice F. Los tipos lo rodean y F intenta escabullirse pero es demasiado tarde. Por más esfuerzos que hace no logra alejarse ni medio metro; los tipos le atacan. La escena tiene un toque de angustia totalmente soportable, F recibe varias puñaladas pero no siente dolor alguno, tampoco sangra, es como si estuviese acostumbrado a que las navajas le rebanen la espalda, lo que le fastidia es no poder correr. 

 

-¿En qué piensas? estás como ido. 

-Tengo un cliente que anoche me ha pedido unas cosas de último minuto -argumenta F con astucia pero sin la menor convicción.

-Entonces voy a traerte el desayuno para que te pongas a trabajar o no te alcanzará el tiempo. 

-Está bien. 

 

J domina el juego hábilmente, con la excusa de levantarse pasa sobre él y de improviso le besa en el cuello, F le corresponde con una caricia lasciva y ella le sonríe mientras tira las sábanas hacia un lado para que aprecie mejor su cuerpo desnudo, luego se levanta y camina orgullosa a preparar el desayuno. F la ve alejarse y en un último esfuerzo intenta darle una nalgada sin alcanzar su objetivo. J acelera el paso entre risas, F se queda quieto en la cama, respira.
Unos minutos después F se dirige al baño, mientras tanto, J, con el cabello suelto y el cuerpo desnudo, prepara el desayuno bajo el arrullo de las baladas que emite la radio encendida. F sale del baño con la cara lavada y el pelo revuelto. J, sujetando la bandeja del desayuno, le da el alcance en el pasillo y juntos se dirigen al dormitorio. F la mira mientras se mete nuevamente en la cama, ella se deja mirar, aún de pie, casi quieta. Tiene un rostro correcto, es como un tablero de ajedrez antes de una partida, cada ficha está en su respectiva casilla. Sus cejas pobladas enmarcan su mirada del modo adecuado, su frente es amplia y en sus mejillas lleva siempre un leve brillo hábilmente capturado desde cualquier fuente de luz cercana, sus labios están minuciosamente delineados, su nariz pequeña y discreta apenas se hace notar. El problema con J es su sonrisa, poco oportuna y desmedida. 

F enciende el televisor y J, con la bandeja del desayuno en las manos, se sienta a un costado. J intenta atraer su atención narrándole algo gracioso que le ocurrió en la cocina, pero fracasa, F trae la mirada incrustada en el televisor y parece no haber quien lo saque de aquel trance.

El rostro de J sufre un repentino cambio, sabe que esta vez tiene perdida la batalla, se viste con prisa, revolotea por la habitación deshojando las ropas del closet e intentando cosechar un par de zapatos bajo la cama. Una vez completamente vestida, besa la mejilla inerte de F.

 

-Bueno, voy al centro, he visto unas carteras preciosas el otro día -inventa J.

-Chau -responde F impasible.

 

J recorre el zaguán, alcanza la avenida y luego de subir a un autobús se inserta en el torrente sanguíneo de la ciudad. Ya se le pasará, sé que se le pasará, se dice.

F pone el televisor a todo volumen, cierra los ojos y su mente es asaltada por los recuerdos de A.

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